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El Palenque de Dihigo

Evocación para “El inmortal”

Mi evocación evade su estatura deportiva y se concentra en su condición humana, la que existe en todo gran deportista, porque primero que todo son seres sociales, envueltos en sus propias contradicciones y no todos aprueban el examen de humanismo a que son expuestos luego de revisar sus expedientes atléticos.

Por Gilberto Dihigo
Nada humano me es ajeno.

Hace pocos días el nombre de Martin Dihigo rebotó con fuerza en Miami cuando los Marlins de La Florida le rindieron homenaje y el museo de la Herencia Hispana entregó a la Foundation Martin Dihigo INC una placa que lo reconoce dentro de su salón de la fama y así “El maestro”, tal como lo llamaron en México, se posicionó en siete salones de la fama.

El mes de mayo es el alfa y omega de su paso terrenal, ya que el 20 cumplió 51 años de fallecido, mientras que cinco días después fue su cumpleaños 116 y en medio de esos sueños perdidos por su ausencia quiero evocar, no solo al fantástico pelotero que estremeció los terrenos de beisbol en Cuba, Estados Unidos, Venezuela,Puerto Rico, República Dominicana y México con su accionar irrepetible las cuales proporcionó satisfacción a los aficionados al beisbol de esos tiempos y emociona a los actuales cuando leen sus números y hazañas extraordinarias, como la de México en 1938 cuando fue líder de los bateadores (.387), pitcher ganador de ganados y perdidos (18-2), efectividad (0.92) y ponches (184).

Sin embargo mi evocación evade su estatura deportiva y se concentra en su condición humana, la que existe en todo gran deportista, porque primero que todo son seres sociales, envueltos en sus propias contradicciones y no todos aprueban el examen de humanismo a que son expuestos luego de revisar sus expedientes atléticos.

El primer encuentro que tuve con Martín Dihigo se pierde en la bruma de mis evocaciones infantiles. Solo recuerdo que el Dihigo de carne y hueso no decepcionó las ingenuas esperanzas depositadas en el Dihigo de fotografía contemplado en un cuadro durante los largos años de separación, cuando se autoexilio en Mexico debido al golpe de estado de Batista y que afectó su creencia democrática. Ese día del encuentro se mostró tal y como aguardaba en mi imaginación: cariñoso y comunicativo.

Aquel hombre de hablar pausado y fácil palabra, quien en un principio me intimido, ganó poco a poco mi confianza y comenzó a enseñarme la historia de Cuba. Eso era lógico, su padre, don Benito Dihigo, quien luchó en la guerra de independencia contra España donde alcanzó el grado de sargento, lo educó con una disciplina espartana en la que el deber, el respeto por los mayores y el fervor patriótico marchaban de la mano.

En aquellas memorables tardes hogareñas, el hurgaba sobre los hechos históricos y los presentaba como si fueran maravillosas aventuras, gracias a la facilidad de palabra que poseía y ser un contumaz relator de narraciones heroicas. Esa pasión suya por el pasado combativo cubano lo impulsó a decirme en varias ocasiones, años después, su propósito de escribir un libro inspirado en las luchas de los mambises.

Dihigo era un hombre con gran sentido del humor, presto a la sonrisa burlona y la frase chispeante, llena del gracejo cubano. Muchas anécdotas muestran su jocosidad, como la vez que un aferrado e impertinente jugador de beisbol, quien acudía a diario para verlo donde fungía como instructor de beisbol, se paro delante de su larga figura con un bate en la mano vestido de pelotero y le dijo: “ A ver Martín, si usted sabe a quien me parezco en esta posición de bateo” y Dihigo, sin pensarlo dos veces, respondió: “ A un mamarracho señor mío”.

Una vez el menor de sus dos hijos varones lo invito a presenciar una competencia de natación donde participaría. El muchacho en realidad comenzaba en los inicios de la disciplina, pero quería impresionar al padre sin embargo la falta de práctica arruinó su intención y al llegar a la mitad de los 100 metros se canso de nadar. Tal vez por sentirse que se ahogaba, en vez de agarrarse a la boya, lo hizo de la soga y se fue hacia abajo como una plomada.

El profesor de natación se lanzo al agua a buscarlo y consiguió que no tragara mucha agua.. Ya fuera de la pileta, pasado el sofocón del primer momento, Martin, quien observó todo con los brazos cruzados – su postura favorita-, se acercó al muchacho, quien al verlo pensó que se compadecería de él. Martin con una sonrisa revoloteando, pero muy serio, le dijo: “ güey, cuando uno no sabe algo no debe meterse a tratar de realizarlo, primero aprende bien para que lo hagas bien”, dijo.

“Espero que en la próxima competencia sepas ya nadar o por lo menos avísame para asistir con traje de baño por si te vuelves a hundir” y se alejó con la amplia sonrisa desplegada en el rostro que lo caracterizaba cuando se burlaba del hijo. Luego de 51 años todavía hoy no me parece real que su vida se haya apagado, un hombre de tanta energía que fue consumida dentro de un sistema gubernamental que no le perdonó su inflexible posición de no doblegarse ante ideas impositivas.

Cierro los ojos y me parece verlo en el terreno de beisbol, rodeado de sus admiradores, revelando parte de sus secretos al lanzar o batear o sentado en las graderías contando sus recuerdos, con aquella manera de narrar ingeniosa. El Martín Dihigo que yo conocí, el mismo que agitó las pasiones en el viejo estadio cubano de La Tropical en los inolvidables duelos frente al “Profesor” Ramón Bragaña, el mismo que marcó una pauta dentro del beisbol profesional en la América beisbolera, fue para mi un hombre cariñoso y justo.

El Martín Dihigo que recuerdo luego de 51 años de su partida, junto a sus nietos, bisnietos, amigos y admiradores de sus hazañas deportivas, es para mi motivo de ejemplo, compromiso y es el hombre del que cada día me siento mas orgulloso de ser su hijo menor y responsable de mantener vivo su legado y el de todos sus compañeros dentro de la fundación que lleva su nombre donde miramos el pasado para mejorar el futuro. Nos vemos pronto, pero mientras tanto sean felices, siempre hay tiempo.
cimarron1952@gmail.com.

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