Por Héctor Barrios Fernández
La vida en las ciudades no es fácil, con frecuencia la vida del campo le dice quítate que ahí voy.
En una etapa de mi niñez, como todos los días, se llegaban las cinco de la mañana, pronto se escuchaban los ruidos en la cocina de la vieja casa de adobe con techo de lámina.
Mi Má’ María (mi abuela) atizando la estufa de leña preparando el desayuno como para un ejército, enseguida el inconfundible ruido que provocaba el palo y la tabla al hacer las tortillas de harina, calentar los frijoles y freír los huevos de gallina, por supuesto que de rancho, quesito fresco de ayer, papas fritas que ahora les llamamos “french fries” y el aromático e irresistible café de talega recién hecho, desayuno de lujo.
Todos esos aromas hacían que se te quitaran las ganas de seguir acostado y te levantabas como si el mundo estuviera ardiendo.

En otra parte del año, al anochecer, cuando en el cielo comenzaban a aparecer por el lado Este las estrellas que muchos años más tarde supe que formaban la Constelación de Orión y su famoso cinturón y un poco más arriba en el cielo aún encuentras a Las Pléyades, era la hora de acostarse, descansar porque muy temprano los varones salíamos a la pizca del frijol, que era de lo peor, también del maíz, soportando sus hojas rozándote como lijas el cuello sudoroso, cuidándote de no pisar alguna víbora de cascabel, a media mañana desde el aguaje cercano, con baldes acarrear el agua hasta llenar la barrica para el consumo diario, cortar y acarrear la leña para la estufa, cernir el trigo, pesado era también el trabajo de la fragua para poner los fierros al rojo vivo y luego darle de marrazos en el yunque, (antes la mayoría de las cosas se reparaban, no se cambiaban piezas como ahora).

Muchas agobiantes tareas y más, sin importar si era verano con su calor agobiante o el congelante invierno que nos ponía labios y cachetes resecos y partidos, claro, sin faltar el recorrido caminando de cinco kilómetros para ir de casa a la escuela, el regreso a la una de la tarde era lo más difícil.
El trabajo de campo siempre ha sido pesado, duro, difícil y antes era aún más, sin embargo todo esto tenía sus recompensas como ir al huerto a cortar naranjas, higos, manzanas y toda clase de frutas, darte un chapuzón en la acequia para contrarrestar el infernal calor del verano.
En invierno, como colofón del día, jugar un partidito de béisbol y en las primeras horas de la noche sintonizar “la grande de Sonora” con Fausto Soto Silva desde Hermosillo narrando los juegos de los Naranjeros que podíamos escuchar en el Ejido Ajusco, aproximadamente 40 km al sur de Ensenada, mientras mi Má’ María planchaba la ropa con su plancha azulita de gasolina blanca (que ahora tengo a buen resguardo) y mi Pá’ Pancho leía un libro a la luz de la lámpara de petróleo. (que también conservo)

La vida del campo era más bien difícil y sigue siendo, pero fuimos felices con lo que tuvimos, gracias a Dios, a nuestro esfuerzo y de nuestras familias, pronto nos convertimos en profesionistas y esto nos ha permitido vivir con decoro.

La vida del pelotero, igual, no es nada fácil, los viajes, lesiones, enfermedades, el vivir en hoteles, lejos de la familia, comer en la calle, defender los contratos y si bajas el nivel del juego, adiós, otro tomará tu lugar.
Haber sido jugador de las Ligas Negras, fue aún más difícil, recuerdo haber leído a Buck O’Neil, donde declaraba que tenían que viajar hasta diez personas en un automóvil, dos de ellos sentados en los guardafangos del auto, turnándose cada tantos kilómetros, dormir en los mismos estadios donde jugaban, ir a pescar a los ríos cercanos para conseguir comida y lidiar con el ku kux klan.

Si eras extranjero, el asunto debió haber sido más penoso, lejos de tu país, lejos de tu familia y costumbres.
Sin embargo algunos por su calidad, decisión, entrega y necesidad, brillaron en el béisbol de esta clase y época, tal es el caso de Cristóbal Torriente.
Nació el 16 de noviembre de 1893 en Cienfuegos, Cuba, falleció el 11 de abril de 1938 en New York.
Lanzaba y bateaba a la zurda.
De gran físico y excelente carácter este zurdo cubano apodado el “Cuban Strongman”.
Cristóbal fue un trotamundos, estuvo en muchos equipos.
Muchos creen que fue el mejor jardinero derecho en las Ligas Negras, fue bendecido con unas manos seguras, con la velocidad para llegarle a cualquier batazo, un rifle de alto poder como brazo.
Por si todo eso fuera poco, fue también un excelente segunda base y para ser zurdo, impresionante en tercera, también ocasionalmente se subió a la loma de los disparos, dejando en los registros encontrados, un récord de 15-5 en juegos ganados y perdidos.
Para no dejar pendientes, fue uno de los mejores bateadores en cualquier liga que participó.
Como nuestro paisano Arturo “Indio” Bernal, Cristóbal fue un famoso bateador de “lanzamientos malos”, tuvo la habilidad de desparramar las pelotas por todos los rincones del campo, pero es mejor recordado por su poderoso “swing”.
Jugando para los American Giants de Chicago, con cierta regularidad bateaba líneas por sobre la marca de los 400 pies por arriba de la barda del jardín central.
El parador en corto Bob Williams recordaba una ocasión cuando los Gigantes visitaron Kansas City, Torriente bateó una línea que quebró un reloj a diecisiete pies sobre la barda del jardín central y ¡las manecillas comenzaron a dar vueltas y vueltas como locas!
En 1920 mientras Cristóbal estaba en Cuba con los Rojos de la Habana, los Gigantes de New York fueron allá para un juego de exhibición, llevaron con ellos como refuerzo, nada menos que a Babe Ruth.
En un juego, Cristóbal Torriente pegó de cuadrangular en sus dos primeras veces al bat, después vino en su tercera oportunidad, con dos hombres en base. El Babe, quien había sido un lanzador abridor de primera categoría con Boston, trotó desde el jardín derecho y pidió lanzarle.

Más pronto que inmediatamente, Torriente conectó un doblete y aunque Ruth ponchó a los siguientes tres bateadores, en la siguiente entrada el Babe regresó a su anterior posición.
Más tarde en el juego, Cristóbal conectó su tercer cuadrangular.
De vuelta con los American Giants de Chicago, conectó el cuadrangular ganador que decidió la Serie Mundial Negra de 1921.
En una carrera que duró de 1913 a 1934, Torriente finalizó con un promedio de .339 de porcentaje de bateo contra lanzadores de las Ligas Negras y .311 contra lanzadores de las Grandes Ligas, pero sobre todo se ganó el respeto de todos los que lo vieron jugar.
Entre más sé de este tipo de jugadores y las condiciones en las que tuvieron que desarrollarse, más los admiro.Espero sus amables comentarios en: info@beisboldelosbarrios.com



