
Por Luís Ciprian
En medio de una coyuntura que pone a prueba no solo la estructura dirigencial sino también la fortaleza emocional del deporte nacional, resulta imprescindible hacer un llamado claro y firme a los atletas de la Federación Dominicana de Esgrima: no es momento de desenfocarse.
La cercanía de los Juegos Centroamericanos y del Caribe, que tendrán como escenario nuestro propio país, debería ser motivo suficiente para redoblar esfuerzos, afinar técnicas y fortalecer la disciplina. Sin embargo, la realidad institucional que atraviesa la federación amenaza con desviar la atención de lo verdaderamente importante: la preparación deportiva.
Lo que hoy ocurre dentro de la federación no puede verse como un simple conflicto administrativo. Se trata, más bien, de una situación preocupante en la que personas ajenas a la estructura organizada han asumido roles que no les corresponden, en abierta contradicción con los estatutos y con decisiones emanadas de los tribunales de la República.
Más grave aún es la percepción de que algunos sectores del Comité Olímpico Dominicano han optado por mirar hacia otro lado, tolerando —o incluso facilitando— prácticas que vulneran la institucionalidad.
Ante este panorama, cabe preguntarse: ¿qué mensaje se envía a los atletas cuando las reglas parecen ser ignoradas por quienes deben defenderlas? ¿Cómo exigir disciplina, respeto y compromiso en la pista, cuando fuera de ella impera la incertidumbre?
No obstante, es precisamente en momentos como este cuando el carácter se pone a prueba. Los atletas no pueden permitirse ser arrastrados por disputas dirigenciales. Su responsabilidad, aunque injustamente condicionada por factores externos, sigue siendo clara: entrenar, superarse y representar con dignidad al país.
La afirmación de que “las aguas volverán a su cauce” no debe interpretarse como un consuelo vacío, sino como una convicción basada en la confianza en el Estado de derecho. Si algo distingue a una sociedad organizada es la capacidad de resolver sus conflictos a través de las vías legales, y en este caso, las autoridades legítimas han reiterado su disposición de hacerlo con apego a las normas.
En ese mismo orden, resulta inevitable mencionar las acciones atribuidas al teniente coronel del Ejército de la Republica Dominicana, Carlos Gilberto Soriano Román, las cuales han sido calificadas como intentos de suplantación. Más allá de los nombres, lo realmente relevante es el precedente que se intenta sentar: la normalización de la ilegalidad. Y eso, en cualquier ámbito, es inaceptable.
Este no es solo un conflicto de poder; es una lucha por la integridad institucional de un deporte que ha dado orgullo al país. Por ello, mientras los tribunales hacen su trabajo, corresponde a los atletas mantenerse firmes, enfocados y ajenos a las turbulencias.
Al final del día, los resultados en la pista hablarán más alto que cualquier controversia fuera de ella. Pero para que eso ocurra, es necesario que quienes empuñan la espada lo hagan con la mente clara, el espíritu fuerte y la convicción intacta de que, pese a todo, vale la pena seguir adelante.



