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Efemerides Rafael Baldayac

Vuelo hacia la fatalidad: Perecen dueños Cardenales de Lara

El avión de VIASA que cubría la ruta entre Maiquetía, la capital zuliana y Miami, se estrelló- hace hoy 52 años-en las cercanías del aeropuerto internacional de Grano de Oro con saldo fatal de 155 víctimas (74 pasajeros, 10 tripulantes y 71 personas en tierra), entre las que figuraron los peloteros Isaías “Látigo” Chávez y Carlos Santeliz, además de don Antonio Herrera Gutiérrez, propietario del club Cardenales de Lara, su hijo, José Herrera, Alí Hernández, administrador del equipo.

Por Rafael Baldayac

EFEMERIDES ESPECIAL 16 DE MARZO 1969:

Una catástrofe aérea de gran magnitud llenó de luto a la tierra bolivariana de Venezuela, cuando el avión DC 9 de la compañía venezolana VIASA, con destino a Miami, Florida, Estados Unidos, explotó en pleno vuelo la tarde el domingo 16 de marzo de 1969.

La aeronave inesperadamente cayó prendida en llamas entre el residencial La Trinidad y el barrio Zaruma de la ciudad de Maracaibo, causando la muerte de 155 personas, de las cuales 84 iban el avión y entre ellos varios connotados deportistas. 

En esta tragedia la mayor que registra la historia de la aviación venezolana, se perdió una viva representación del béisbol profesional venezolano. En el avión iban los principales ejecutivos del equipo Cardenales de Lara, de la Liga de Béisbol Profesional de Venezuela.

Don Antonio Herrera Gutiérrez (Toñón), dueño y presidente del equipo, su hijo José Herrera, gerente de operaciones, y Alí Hernández, administrador, integraban la comitiva del reconocido club la pelota caribeña. 

http://www.radiomundial.com.ve/sites/default/files/styles/618x468/public/field/image/nestor_0.jpg?itok=5tyZm8lGAdemás perecieron en el fatídico accidente el carismático lanzador Néstor –Látigo– Chávez y el cotizado joven inicialista y jardinero Carlos Alberto Santeliz, quienes se dirigían a Arizona para integrarse a los campos de entrenamiento de sus respectivos equipos de grandes ligas.

Los directivos del conjunto de Lara, liderado por don Toñón Herrera, dueño de la novena desde 1944, viajaban precisamente a los campamentos primaverales para darles seguimiento a los jugadores que pertenecían a su team en la pelota venezolana. 

El moderno estadio de Barquisimeto, estado de Lara,  donde está la sede del rojo equipo larense, lleva el nombre de Herrera Gutiérrez.

Ese fatídico domingo el serpentinero Látigo Chávez tomó el fatal vuelo 742 de VIASA para reportarse el lunes a Arizona donde comenzarían los entrenamientos de los Gigantes de San Francisco, organización con la que había debutado en 1967 en las mayores. En dos juegos tuvo 1-0, sin permitir carreras limpias en cinco episodios.

Clyde King, que meses antes había sido nombrado manager de los Gigantes en lugar de Herman Franks, quedó conmocionado por la trágica e inesperada muerte del Látigo, con apenas 23 años de edad. 

Conocía muy bien el talento del picher venezolano, que en cinco años en las menores dejó foja de 51-34, 3.30 de efectividad, tirando en 135 desafíos. 

Había sido uno de sus pupilos la anterior temporada de 1968, cuando King dirigía al Phoenix Giants AAA, donde Chávez tuvo su última actuación monticular con 5-5, 3.92 de efectividad en 17 juegos, 13 como abridor. 

Chávez partía a Estados Unidos para demostrar la recuperación de una operación en su codo de lanzar y que por recomendación de los Gigantes le impidió actuar con su equipo Navegantes de Magallanes en la temporada invernal 1968-69. 

Era uno de los peloteros más carismáticos e idolatrados en el béisbol venezolano. “Si algo pudo copiar a la perfección fueron los movimientos de Juan Marichal, su ídolo y gran maestro, sobre todo su forma de levantar la pierna al momento de venir a la goma”, dice su biografía.

Con muchas ilusiones también abordó el avión el prospecto Santeliz, camino al spring training de los Bravos de Atlanta, que lo había asignado al equipo Shreveport en Louisiana, finca clasificación AA de la organización liga mayorista. Él jugaba para los Cardenales de Lara en el invierno venezolano.

Santeliz de 20 años, 6-2 de estatura y 208 libras de peso, había jugado apenas dos campañas en las menores (Lexington –Liga de Carolina– 1967 y West Palm Beach –Liga de Florida– 1968) acumulando .240 de bateo con 19 dobles, dos triples y dos jonrones en 156 partidos. 

Ya cerca del mediodía del domingo 16 de marzo de 1969 estos deportistas y el resto de los pasajeros del avión, junto con decenas de personas que hacían su vida en tierra, se habían convertido en cadáveres calcinados por el candente desplome del aparato.

Maracaibo, esa  tarde, parecía un episodio dantesco. Uno de los motores del avión salió expulsado e impactó, entre otras tantas, con la vivienda de Lino Connell, comentarista deportivo y una destacada figura de la región. Connell no estaba en su residencia. 

Murió su esposa y dos hijos varones. Sólo sobrevivió una bebe que estaba con una tía lejos de la vecindad. Además perdió la vida en el lamentable accidente la joven deportista Carmen Romero, una infortunada pasajera que viajaba a Miami para comprarse un traje de novia. En el aeropuerto fue despedida por el doctor Ricardo Martínez, con quien iba a contraer matrimonio a su regreso.

Todo sucedió de manera inesperada. A pocos minutos del despegue, la aeronave que cubría el vuelo 742 se precipitó a tierra. Nunca debió despegar. El avión no voló. A duras penas rebasó la cerca del aeropuerto Grano de Oro y se estrelló. 

La nave siguió la carrera para el ascenso, aproximadamente a las 12:05 de la tarde. El personal de la torre, familiares y otras personas desde lugares aledaños al aeropuerto vieron cómo, en minutos, el accidente se convertía en una “película” en vivo que dejó, oficialmente, 155 muertos. 

El accidente del DC-9 de VIASA, que cobró 155 vidas entre pasajeros y personas en tierra, fue en ese entonces la peor catástrofe aérea del mundo. Es la más grande de una aerolínea venezolana. 

Estos son los ecos de una tragedia. Les presentamos en esta infografía el siniestro en detalle:

A las 10:30 de la mañana del 16 de marzo de 1969 sale de Maiquetía el vuelo 742 de VIASA con destino a Miami, haciendo escala en Maracaibo. En la capital zuliana debía recoger más pasajeros y despegar hacia el sur de la Florida.

A las 12:00 del mediodía, el DC-9 de VIASA comienza a rodar por la pista de Grano de Oro hacia lo que sería su destino final: la catástrofe de la urbanización La Trinidad. 

El vuelo 742, en su momento, fue la peor catástrofe aérea del mundo y sigue siendo la más grande de una aerolínea venezolana. 

Y fue tal el impacto a nivel internacional que “en menos de 24 horas La Trinidad estaba lleno de corresponsales de casi todas partes del mundo, de radio, prensa y televisión, aseguró Héctor Escalante, periodista y hoy profesor universitario, quien narró los hechos el fatídico día.

Testigos presenciales del suceso revelaron que el avión, comandado por el capitán Emiliano Zabelli Maldonado, tuvo problemas aterrizando en Grano de Oro. 

El doctor Rafael Soto, quien se encontraba en la urbanización el día del suceso, contó que “Eddy Claude, instructor de aviación, observaba cuando el avión vino. Parece que tropezó o succionó unas ramas de los árboles que estaban ahí”.

El avión cargó 28 mil libras de combustible (unos 12 mil kilos) para despegar a las 12:00 del mediodía hacia la ciudad de Miami. Ya en la pista, solicita permiso para despegar. La torre de control lo autoriza. Así comienza el último recorrido por tierra que realizaría el YV-C-AVD. 

Al comenzar la carrera para el despegue, el avión recorrió tres cuartas partes de la pista sin levantar vuelo. 

Sólo le quedaban 200 metros cuando logró alzar el tren delantero. Pasa por encima de la avenida Ziruma, a escasos 10 metros. Lo peor estaba por venir. Sobrevuela La Trinidad, donde se acentúan los problemas. Pierde altura y el ala izquierda del avión choca con una torre de alta tensión.

Según las investigaciones, y los relatos de la época, más adelante su tanque de combustible, repleto, se rasga con una torre de iluminación de una cancha deportiva de la zona, comenzando a derramar la volátil sustancia sobre las casas y personas que por allí se encontraban. 

Era el comienzo del fin. Segundos después colisiona con un poste de electricidad con dos transformadores, causando una estruendosa explosión. 

Una de las alas del aparato se desprende y cae sobre una vivienda y arrasando con todos los miembros de una familia que allí estaba. 155 personas fallecieron, entre ocupantes de la nave y habitantes del sector que estaban en tierra.

INFORME DEL ACCIDENTE DE MARACAIBO

Amasijos de hierro y cadáveres calcinados quedaron esparcidos a lo largo de más de 400 metros

La nave, un jet DC-9-32, propiedad de Avensa, con matrícula YV-C-AD, había sido adquirida el 27 de febrero de 1969 a la empresa Douglas Aircraft por siete millones de dólares y arrendado a VIASA. 

Apenas había realizado cuatro vuelos. A las 10:28 de la mañana, el vuelo 742 partió de Maiquetía a cubrir la primera parte del itinerario entre Caracas y Maracaibo, estimada en 40 minutos. 

Aproximadamente a las 11:08 aterrizó en Grano de Oro, donde se estimó una escala de 45 minutos para completar 28 mil libras de reabastecimiento de combustible, recibir atención técnica y embarcar 27 pasajeros en esa ciudad.

Tras recibir autorización de la torre de control de Maracaibo, el capitán Emiliano Savelli Maldonado, piloto con 25 años de experiencia y cerca de 30 mil horas de vuelo, coloca el avión en la cabecera de la pista a eso de las doce del mediodía. 

Comienza a imprimir mayor energía a las turbinas e inicia el recorrido para despegar. La maniobra tiene dificultades, la nave levanta cuando faltan apenas unos 200 metros de pista, se eleva a escasos diez metros y logra atravesar la avenida Ziruma.

http://blog.banesco.com/wp-content/uploads/2019/12/FOTO-4.jpgMientras el piloto trata de alcanzar mayor altura, la turbina izquierda choca con un poste cercano al cine Capitolio. El capitán intenta otra maniobra, pero encuentra la torre de alumbrado de una cancha de baloncesto que rompe el tanque de combustible y el líquido inflamable se esparce sobre viviendas y personas del barrio más cercano a la pista. 

Luego colisionaría con otro poste y se produce la explosión de los tanques, antes de que se le desprenda el ala izquierda, que cae sobre una de las humildes viviendas del barrio, el avión se voltea y se estrella más adelante, contra viviendas de la urbanización La Trinidad. 

Con el impacto sale expulsada una de las turbinas y va a parar a unos 100 metros de distancia, contra la vivienda de Connell.

La tragedia se completó en unos cinco minutos. A las 12.10 am todo era muerte y desolación en el sector. Entre los fallecidos aparecen dos muchachos venezolanos llenos de esperanzas, que marchaban ilusionados hacia los campos de entrenamientos de las Grandes Ligas. 

El prospecto de los Bravos de Atlanta, el caroreño Carlos Santeliz, estaba cumpliendo 21 años de edad cuando falleció en el fatal accidente

LOS DEPORTISTAS FALLECIDOS

Isaías Chávez, de 24 años de edad, era una verdadera promesa del pitcheo con Magallanes en el circuito local. Se dirigía hacia Phoenix, Arizona, a demostrarle a los Gigantes de San Francisco que había recuperado la fortaleza de su brazo, para buscar de nuevo un lugar en el equipo grande.

Mientras que Carlos Santeliz, quien ese día cumplía 21 años de edad, despuntaba con Cardenales en la pelota venezolana, tenía como destino West Palm Beach, Florida, donde enseñaría sus progresos como inicialista y recio toletero para seguir avanzando en el sistema de ligas menores de los Bravos de Atlanta.

FOTO: Poco antes de abordar el fatídico vuelo (de izq. a der.), Carlos Santeliz, José Herrera, Alí Hernández y Antonio Herrera Gutiérrez. Foto diario Crítica. Maracaibo, 17 de marzo de 1969.

Junto a ellos también murió don Antonio Herrera Gutiérrez, propietario de Cardenales de Lara, divisa de rica tradición en la pelota occidental que desde 1965 formaba parte de la Liga Venezolana de Beisbol Profesional (LVBP). 

Herrera Gutiérrez acostumbraba a trasladarse al norte por esa época para fortalecer las relaciones de su equipo con el beisbol organizado de Estados Unidos. Le acompañaban su hijo José y el ejecutivo del equipo Alí Hernández.

Entre las víctimas que cobró la tragedia  en tierra aparecieron la esposa, el suegro y tres hijos de Lino Connell, un reconocido atleta zuliano, miembro de la selección nacional de voleibol.

LOS QUE QUEDARON VIVOS DE MILAGRO

Varios personajes vinculados también al mundo deporte se salvaron milagrosamente. El periodista Rubén Mijares, el pelotero Teodoro Obregón y el técnico Lucio Celis, quienes estaban en lista de espera, no pudieron abordar en Maiquetía el vuelo 742 de VIASA con destino a Miami. 

La esposa del bigleaguer Luis Aparicio, Sonia Llorente, y sus hijos, también preservaron la vida prodigiosamente. La señora Llorente suspendió un día antes su viaje a los Estados Unidos por diversos motivos. 

El diario marabino Crítica, informó que “Sonia visitó hoy mismo el lugar de la tragedia y comentó toda angustiada: Dios mío, qué horror de la que me salvé.

https://steemitimages.com/640x0/http:/3.bp.blogspot.com/-Qq41VycTo9A/UUU93IiMMeI/AAAAAAAAHDM/nFrTjd2YVsY/s1600/19690316-0-P-d-1-500.jpgEl conocido narrador deportivo y Gerente General del equipo Cardenales de Lara, Arturo Álvarez “El Premier”, también estuvo a punto de perecer en la tragedia, pero afortunadamente, por motivos personales, no pudo acompañar al propietario de los pájaros rojos a los campos de entrenamientos de los Estados Unidos como lo había hecho en los últimos cuatro años.    

El Gobierno nacional decretó tres días de luto, y durante la mañana del día siguiente se ofició el funeral en la Catedral de Maracaibo en honor a las víctimas, a cargo de monseñor Domingo Roa Pérez. La ciudad no salía del asombro, mucho menos del luto.

https://steemitimages.com/640x0/http:/3.bp.blogspot.com/-yJPhbrdBRCU/UUU4dUb_KLI/AAAAAAAAHC8/7-9kY8wdDjU/s1600/Grano4.pngCRONISTA DEPORTIVO  SOBREVIVIENTE

El reconocido periodista deportivo Rubén Mijares tenía previsto viajar a la ciudad de Miami ese día para cubrir los juegos de pretemporada de Grandes Ligas. “Mi destino era el Spring Training y en la agencia me dijeron que no había cupo en ese vuelo. 

Yo le pregunté por qué y me dijo que un grupo de 39 norteamericanos viajaba de regreso en ese avión”, recordó con tristeza el veterano cronista deportivo venezolano. 

La señora María Morales, ligada a las actividades deportivas, por falta de cupo tampoco subió al YV-C-AVD, pero estaba en una situación igual o hasta peor, vivía en La Trinidad. 

“Eso era terrible, eso era un calor terrible, llantos, gritos, no tenía uno por dónde meterse”, fueron las palabras de Morales sobre el espantoso momento. 

Entre los 74 pasajeros y 10 tripulantes viajaban varios extranjeros, siendo la mayoría, un total de 47, ciudadanos norteamericanos. En la lista sólo ocupaban asientos 15 venezolanos, además un canadiense y un colombiano.

Una familia de cinco personas murió aplastada alrededor de la mesa donde estaban almorzando y en otra casa fueron hallados los cuerpos sin vida de dos niñas que tenían las manos aferradas a los restos de un perro.

Las autoridades reportaron la muerte de 70 personas residentes en los barrios de Zaruma y La Trinidad, poblados principalmente por colombo-venezolanos e indios guajiros. Cuatro partes del avión cayeron en sus casas del populoso sector de Maracaibo.

Esa tarde la morgue del hospital universitario albergó más de 150 cadáveres carbonizados. Además unas 125 personas de ambos barrios suburbanos fueron atendidas en los diversos hospitales de Maracaibo por haber sufrido graves quemaduras, fracturas o conmoción por efecto del accidente.   

En esos años Maracaibo, capital del estado de Zulia, cerca de la frontera con Colombia, era el principal centro petrolero de Venezuela, país mayor exportador de crudo del mundo en ese entonces. 

Hoy, 52 años después, las causas de la catástrofe siguen siendo un misterio que pareciera que nunca se develará.

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