Por Elwin Domingo Peña Sandoval
Dicen que las grandes obras hablan por sí solas. La Gran Arena del Cibao Dr. Oscar Gobaira, lamentablemente, ya no habla… ahora gotea.
La casa del baloncesto dominicano en Santiago, inaugurada con bombos, platillos y cientos de millones de pesos de inversión en su remodelación, parece haber entrado en una etapa donde el mantenimiento se convirtió en un deporte extremo. Cada filtración en el techo, cada desprendimiento de pintura y cada rincón deteriorado cuentan una historia que nadie quiere escuchar.
Lo curioso es que la Arena nunca ha dejado de producir. Conciertos, eventos políticos, espectáculos, graduaciones, actividades religiosas, ferias, baloncesto, voleibol y todo cuanto pueda imaginarse ha encontrado espacio bajo ese techo… el mismo techo que hoy amenaza con dejar pasar más agua que aplausos.
Mientras los artistas llenan la Arena, la humedad también llena las paredes.
Mientras las luces iluminan el escenario, el óxido hace su propio espectáculo en las estructuras metálicas.
Y mientras miles disfrutan cada evento, el edificio parece preguntarse en silencio: ”¿Y a mí cuándo me toca?”
Lo más preocupante es que ya ni siquiera hablamos de estética. Las filtraciones sobre el tabloncillo comprometen la seguridad de atletas y espectadores. El deterioro visible deja de ser un problema de imagen para convertirse en uno de funcionalidad y prevención.
Da la impresión de que el mantenimiento se resume a esperar que aparezca un cubo donde cae la gotera o una mano de pintura cuando llega una visita importante. Como si la Gran Arena fuera un vehículo al que solo se le cambia el aceite cuando el motor deja de encender.
Las grandes instalaciones no se conservan con discursos ni con fotografías de inauguración. Se mantienen con planificación, inversión y mantenimiento constante. Esperar a que una estructura de esta magnitud llegue al límite para entonces intervenirla suele ser la decisión más costosa.
Santiago merece una Gran Arena a la altura de su historia deportiva y cultural. Porque este escenario no pertenece a un gobierno, a una institución o a una administración de turno; pertenece a generaciones de atletas, artistas y fanáticos.
Ojalá que el próximo gran evento celebrado allí no sea el anuncio de una reconstrucción de emergencia.
Porque sería una triste ironía que la Gran Arena termine siendo recordada simplemente como la arena… que se nos volvió polvo.



