Por Jesús Alberto Rubio
Dos días faltaban para que iniciara semana santa de 1973.
En aquellos días ya me había hecho a la idea hacer un largo viaje hacia Texas para encontrarme con dos viejos amigos, David y Frank, a quienes tenía largo tiempo sin ver después de haberlos conocido y convivido con ellos hacía tres veranos en las playas de nuestro solar sonorense.
Todo iba bien.
La ilusión del viaje no me dejaba pensar otra cosa que no fuera preparar la bolsa de viaje, pero tenía un ligero problema: no me alcanzaba el dinero para llegar a hasta Dallas, ciudad donde vivían mis amigos.
No sabía qué hacer.
Era en esos días un joven a punto de entrar a la carrera universitaria y los sueños y aventuras todavía circundaban mis pensamientos.
Pensaba en que el dinero no debía de ser obstáculo para “agarrar camino”.
Por ello, no tardé en tomar una decisión: saldría a la carretera norte de Hermosillo dispuesto a viajar de aventones ya que solamente tenía una semana para aprovechar los días de asueto en la preparatoria en la Universidad de Sonora para disfrutar el añorado viaje.

Además de ir a saludar a mis amigos, deseaba también adentrarme más allá de la frontera y conocer tierras texanas.
Era en mediodía y ahí frente a donde entonces se encontraba el monumento al Padre Kino, a la salida norte de Hermosillo, no me cansaba de levantar mi brazo derecho pidiendo “aventón”.
No corría con suerte, pero no desesperaba y así seguí hasta que mejor opté por hacerle la parada a un transporte Norte de Sonora con destino a Nogales.
El autobús iba a toda su capacidad con pasajeros, incluso de pie.
Recuerdo que apenas pudo pararme junto al operador y un pasajero que procedente del centro de México se distinguía por su forma de vestir -todo de negro- y agradable forma de plática.
Se decía ser descendiente de los aztecas y más directamente de Moctezuma.
Su nombre era náhuatl y su tez era muy morena.
Su charla, de mucho mundo, hizo agradable el viaje y ya tarde-noche el autobús llegó a Nogales por lo que tendría que tomar otra decisión: cómo seguir hacia Texas.
No traía el dinero suficiente como para hacer gastos de hotel y menos perder tiempo porque las horas corrían.
No tuve otra: previo permiso legal, pronto estaba arriba de un Greyhound con ruta al Paso, Texas.
Iba a viajar toda la noche y sabía muy bien que, de aquella ciudad en adelante, no me quedarían muchos pesos en mis bolsillos.
La suerte ya estaba echada.
Amanecí en El Paso, luego de un tranquilo y suave viaje por carretera.
Así, una vez mi arribo a El Paso, pronto me di a la tarea de escribir sobre un cartón la palabra Est (en inglés) para con ello pedir “raite”.
Iba optimista ilusionado y confiado en la buena suerte.
Sin embargo, ningún vehículo se detenía, sin tener repuesta a mi SOS.
En tanto a lo lejos, sobre el horizonte, se veían gruesos nubarrones de tierra, algo así como si presagiara una tormenta de arena sobre esa región desértica cercana al Paso.
Aun así, tenía que seguir y tomé por un lado de la carretera, sin dejar de levantar el cartón cada vez que se aproximaba un vehículo.
Transcurrieron cerca de quince minutos en el lento caminar cuando en forma sorpresiva un conductor detuvo su auto y su chofer me invitaba a que me acercara.
Quedé sorprendido.

A ese vehículo no le había hecho ninguna seña de “aventón”.
Más me sorprendería saber que me había confundido con uno de sus amigos que también se llamaba como yo, llamándome con mi nombre de Jesús.
No terminaba de subirme el auto cuando se vino una muy fuerte la tormenta de arena, la que cubría toda esa región fronteriza, llegando incluso a los caseríos sobre las faldas de los cerros de Ciudad Juárez que comenzaba a quedar atrás.
La tormenta no cesaba.
Mi “salvador” iba a una ranchería del lugar, pero me dijo que dejaría en una estación de gas donde había un restaurant. Ahí, me advirtió que, además de protegerme de la tormenta, tendría más oportunidad de conseguir otro “raite”.
Nos despedimos con un fuerte apretón de mano, guiñándonos los ojos y deseándonos algún día volvernos a encontrar.
La arena todo lo cubría.
Ante tal situación, decidí tomarme un alimento y un refresco dentro del local.
Pasaron los minutos y seguía la tormenta.
Sin embargo, sucedió algo no esperado: el propietario del lugar algo me dijo en inglés con una cara de no buenos amigos, haciéndome señales de que saliera del restaurante.
Entendí que “daba mala imagen” y que ya era suficiente mi tiempo dentro del negocio por tan poco consumo.
No tuve de otra que salir.
Seguía la tormenta de arena…
Al salir, me pegaba a las paredes de la estación de gas, ubicada a una media hora de El Paso, pero por más que me cubría me era imposible encontrar un buen refugio contra la arena que azotaba mi cuerpo arropado en ese viaje por una chamarra de la “Army”.
Sentía un nudo en la garganta y un coraje inexplicable.

No podía concebir la actitud del dueño o administrador del lugar, pero ahí estaba, cubriéndose con todo lo que podía, esperando un vehículo hacia el Este que me sacara del lugar.
Por fin, entreabriendo los ojos, de pronto vi que llegó una camioneta y rápido fui hacia el conductor, quien acompañado de su familia me advirtió que esperara un momento ya que tomarían un alimento en aquel local.
Confiado, esperé unos minutos que parecían interminables, hasta que al fin salió junto con su familia, típica del sur de los Estados Unidos:
“¡Vámonos!”, dijo portando un sombrero texano y mis ojos se iluminaron de alegría.
En medio del viento arenoso rápido me subí a la camioneta, tratando, con cierta dificultad, acomodarme entre una gran cantidad de viejos muebles y demás “cachivaches” encimados en la cajuela.
Atrás, poco a poco, iba quedando la tormenta de arena.
Estaba atardeciendo y ya podía levantar la cabeza entre los fierros y muebles viejos que apenas daban lugar para estirar mi cuerpo en tan reducido espacio
Una vez más sentía que la suerte me acompañaba.
Dos preciosos niños, por la ventanilla, me veían extrañados, pero con linda y noble sonrisa, a quienes les respondí de la misma manera.
El viaje era tranquilo y ya se podía admirar a plenitud el paisaje a los lados de la carretera.
Llegó la desviación San Antonio-Dallas.
La familia que amablemente me había dado el “raite” tomaría la carretera a San Antonio, de modo que en ese entronque le agradecí la ayuda, despidiéndonos con gran afecto; incluso, les pedí su dirección para cuando menos enviarles postales de Hermosillo.
Y… de nuevo, solo en el camino.
Atardecía.
A lo lejos, vi una joven pareja, vestidos a la usanza hippie de la época sentados a un lado de la carretera a San Antonio también en espera de un aventón.
Anochecía y tenía que seguir hacia Dallas y, luego de una amena y corta charla con ellos, emprendí camino una vez más confiando en la buena estrella que hasta el momento me acompañaba.
Y allí me veía, caminando, pensando en que de no conseguir un nuevo “raite” en cualquier momento buscar a un lado de la carretera un lugar para descansar y dormir.
La noche, muy obscura, estrellada, con un clima templado, agradable.
Levantaba la mirada al cielo y al mismo tiempo la bajaba mirando el horizonte del camino.
Los vehículos los pasaban a toda prisa, sin detenerse.
No perdía la fe en mi viaje.
Así iba y de pronto a unos trescientos metros adelante se detuvo un vehículo, con dos voces que me gritaban y corrí hacia ellos.
El auto, había sufrido un pequeño desperfecto mecánico y los jóvenes revisaban el motor.
¡Vaya suerte y en que instantes!
En medio de la oscuridad, alcancé a ver cómo charlaban entre ellos.
Venían de San Francisco y su destino era ¡Dallas!
Tuve la suerte de que me invitaran a continuar el viaje con ellos.
Me subí al asiento trasero donde casi caí dormido por el cansancio, pero me esforzaba por seguir despierto.
No deseaba confiarme a pesar del buen trato que comenzaban a darme los californianos.
Además, hablaban un inglés demasiado rápido y poco se les entendía. Lo único que si entendía era que me estaban dando un “raite”, ¡precisamente hacia el mismo destino!
Cierto es que al paso del tiempo siempre me he dicho de la buena suerte que tuve esa noche: que el auto se detuviera precisamente frente al lugar donde ya me disponía a dormir.
Y lo curioso: sin tener falla mecánica alguna.
Simplemente allí se había detenido “por alguna causa”.
A eso siempre le he llamado suerte.
Había sucedido algo parecido cuando aquella persona –que me llamo Jesús sin conocerme– para sacarme del peligro que significaba la tormenta de arena, a la salida de El Paso.
Cerca de Dallas…
Pasaron las horas y la fatiga del viaje me cansó y dormí lo que faltaba de la noche.
Cuando desperté, vi que los dos acompañantes también dormían y el auto se encontraba estacionado a un lado de la carretera.
¡Ya próximos a Dallas!
A la luz del día, pude percatarme de las condiciones del auto: todo “destartalado” de no muy buen aspecto y teniendo por aquí y por allá ropa sucia. Los dos nuevos amigos, jóvenes ellos, con pelo largo y barba cerrada.
Sin embargo, me sentía ya en confianza con ellos, quienes mostraban un agradable compañerismo.
Ahora sí, ya descansados, enfilaron el auto hacia Dallas.
Pero de pronto, no pasarían ni diez minutos cuando una patrulla federal nos hizo el alto.
Bajé del vehículo y me identifiqué ante los agentes quienes me pidieron me apartara del vehículo, en tanto a mis acompañantes los colocaban manos arriba pegadas al vehículo y les pasaban “revista”
Los agentes de la patrulla fronteriza revisaron todo el vehículo, encontrando sólo ropa vieja y sucia revuelta.
Yo procedí a estar mirando el paisaje, aunque temeroso de que a sus dos compañeros les encontraran “algo”.
Al final, sólo les dejaría una boleta de infracción por las malas condiciones del automóvil, lo que les provocó enojo, haciéndoles lanzar al aire mil y un vituperios.
Una vez más en camino hacia Dallas, a menos de dos horas ya con el sol resplandeciente sobre la carretera.
Al mediodía, llegaríamos a la capital del petróleo.
Los dos me llevarían a casa de uno de mis amigos prometiendo volver por la tarde, lo que así ocurrió.
La tarde de ese inolvidable día y parte de la noche tuvimos una reunión-fiesta en grande asistiendo otras amistades.
Así, las vacaciones de Semana Santa iniciaban por lo que la alegría era doble.
Mi estancia en Dallas sería muy agradable, visitando los sitios más interesantes de la ciudad.
Uno de ellos, el lugar donde en 1963 asesinaron al presidente Kennedy, además de una gran lápida de mármol que recuerda la tragedia.
Juntos recordamos los momentos vividos en las playas sonorenses y en Álamos, especialmente.
Por supuesto muy presentes en nuestra memoria nuestros acompañantes en aquella ocasión: César Sotomayor Petterson y Jorge Figueroa Gálvez (+).
Aquella vez prometieron visitarnos de nuevo en Hermosillo.
Pero no sucedió.
Llegó el día del retorno.
Pensaba en el regreso a casa, de nuevo en “aventones”.
De inicio, tomé las calles hacia fuera de la ciudad, ahora con rumbo al Oeste, aunque el cielo se veía con nubarrones negros.
Pronto, llegó la lluvia.
Busqué un refugio caminando hacia un túnel por donde antes pasaba el ferrocarril en tanto arreciaba la lluvia; ahí, me encontraría con tres mendigos con quienes crucé un saludo, pero sin detenerme a charlar con ellos, colocándome a una buena distancia del lugar en que se encontraban.
El sitio era obscuro y muy húmedo.
Pasó la luvia y con un hasta luego me despedí de aquella gente que seguía sentada “como si nada pasara”, olvidados en su destino, en medio del túnel.
No alcanzaba a llegar a la carretera, cuando de nuevo mejor decidí tomar un autobús que me sacara de la ciudad.
Regresé a la central camionera y compré boleto al pueblo más próximo. De ahí en adelante, ya sobre la carretera abierta, buscaría la forma de continuar el viaje de retorno.
El primer aventón del regreso apareció en escena.
Un tráiler detuvo su marcha y subí muy contento por la buena voluntad de su operador y luego de dos horas de camino me dejó en otro poblado, ya casi por anochecer.
Recuerdo que no sabía qué hacer: seguir por carretera o quedarme a dormir por ahí, en algún lado del poblado.
Opté por dirigirme a la comisaría del lugar y medio me di a entender con los oficiales de que desea dormir ahí, en algún lugar, para pasar la noche. No me dieron respuesta concreta alguna. Parecían estar muy ocupados.
Decidí entonces seguir hacia las afueras del poblado y en eso estaba cuando una persona detuvo su vehículo y me llevó hacia la salida de la ciudad.
Le di las gracias por su gesto y me dije para mis adentros: “a cruzar dedos para encontrar pronto otra ayudadita”.
No tardó en llegar:
En la obscuridad de la noche, caminando por un lado de la carretera, un tráiler me iluminó con fuertes reflectores, además de aminorar la marcha.
El operador era un hombre de Arizona y su modo de hablar resultaba muy singular, con diálogos y charlas amenas; sin embargo, no aguanté el cansancio y cuando desperté ya estaba de nuevo en El Paso, muy de madrugada.
Aquel amigo me invitó a desayunar y luego al despedirnos me obsequiaría tres dólares para que me ayudara en el camino.
Bendita suerte.
Caminando por las calles de El Paso, encontré a un joven chicano en quien encontré un buen amigo y enseguida, tras invitarme un refresco me llevó en su Mustang a la salida del free way.
Allí estaban dos estadounidenses pidiendo también aventón. Les saludé y seguí de frente, pero no corrí con suerte. Un agente me detuvo y trató de infraccionarme.
¡No se puede pedir aventón a la entrada de free ways!
En realidad desconocía tal reglamento, diciéndole que era estudiante; que ya le quedaba poco tiempo para regresar a clases y más cosas.
Me dispensó la infracción.
El agente, muy alto de estatura, tenía rasgos indígenas.
Enseguida, me advirtió que más adelante estaba una estación de gas, que caminara hacia allá y que tendría más oportunidad de lograr un “raite”.
Así lo hice.
Estaba por llegar, cuando vi que casi salía una camioneta con dos preciosas motocicletas.
Corrí y grité ayuda:
Una vez más, ahí iba metido en un vehículo “salvador”, ahora debajo de dos motocicletas Harley encantado de la vida y luego de una hora de camino llegué al fin el viaje; la pareja del auto me indicó que se desviarán de camino.
Comencé de a caminar de nuevo, pero no pasan ni un minuto cuando sentí que detrás de mí se había detenido un vehículo: eran cuatro jóvenes que venían de Miami con destino a San Francisco.
Y ahí iba de nuevo, con cuatro desconocidos.
En el camino, los jovenazos, con toda tranquilidad, sacan yerba verde, la envolvían y comenzaban a fumarla.
Me invitaban, pero no acepté.
Y allí íbamos cuando vemos que detrás a toda velocidad se acercaba una patrulla.
Rápido, temerosos, comenzaron a esconder la yerba, quizá sintiéndose perdidos; las luces de la patrulla se encendieron y vaya sorpresa: nos rebasaron yéndose sobre otro vehículo que a toda velocidad circulaba a la entrada de otro free way.
¡Uff!
Lo demás, fue viaje tranquilo, llegando de pueblo en pueblo a los “markets” para tomar algún alimento.
Me sentía y me comportaba como ellos; tal cual jóvenes aventureros, hasta llegar a la desviación a Nogales-Tucson.
Allí, también pronto encontraría otro aventón: era un trabajador de Tucson que iba de paseo a Nogales donde había fiestas tradicionales.
Ya en México, me invitaba a le acompañara, lo que acepté de inmediato: ya estaba con los “míos”, como en casa” ¡y además con algo de dinero en su bolsillo!
Más tarde, esa noche, tomé el Norte de Sonora a Hermosillo.
Bendita suerte.



