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NACHO LABARGA
La final del Mundial de Qatar 2022 se le quedó clavada a Abdullah Ibhais en una celda.
Mientras Leo Messi levantaba la Copa en Lusail, él seguía entre rejas.
“Fue, sin duda, mi momento más duro en la cárcel”, recuerda en una extensa entrevista en ‘El País’ de Daniel Arribas.
Aquel instante cerraba el círculo perfecto para el país anfitrión.
“Cuando Messi levantó esa copa, entendí que Qatar había ganado.
Querían una edición redonda y la tenían. Mi historia, en cambio, estaba enterrada. Y lo que es peor, a nadie le importaba”.
Tres años antes, en 2019, Ibhais había dimitido como director de comunicación del comité organizador tras negarse a desmentir una huelga de trabajadores que denunciaban impagos y condiciones infrahumanas.
Fue a comprobarlo por su cuenta y lo que vio coincidía con lo que ya circulaba: precariedad, amenazas y silencio. “Querían, en resumen, mentir. Y me parecía intolerable”.
La respuesta no tardó. “Si no obedeces sus órdenes, pasas a ser una amenaza”, explica.
Dos meses después de su dimisión, agentes de seguridad del Estado lo detuvieron en una oficina de recursos humanos. Sin abogado, con amenazas directas, le pusieron delante una confesión ya redactada. “Si no das tu brazo a torcer, te enfrentarás a cadena perpetua o ejecución”. Terminó firmando. Reconocía sobornos y fraude en una licitación, acusaciones que él niega.
Un juez sudanés lo dejó en libertad bajo fianza al considerar que el caso estaba fabricado, pero la sentencia llegó por correo: cinco años de cárcel.
Apeló y pidió ayuda a la FIFA. “Se limitaron a decir que ‘cualquier persona merece un juicio justo’. Nada más”. Después, silencio.
Cuando intentó contar su versión en medios internacionales, volvió a ser detenido. La segunda vez fue definitiva: más de tres años en prisión.
Se limitaron a decir que ‘cualquier persona merece un juicio justo’. Nada más
Abdullah Ibhais
Silencio, cárcel y batalla abierta
Entró en la prisión nacional de Al Rayyan en noviembre de 2021. “Había más de 30 personas en una sala, durmiendo unas encima de otras”. Inició una huelga de hambre y recibió una advertencia fría: su vida no importaba.
“Su único objetivo era silenciarme”. Salió en marzo de 2025, tras tres años y cuatro meses. Ahora, desde Jordania, pelea por reabrir su caso y señala directamente a la FIFA.
“Para mí, ha sido cómplice de todo. Por omisión, por silencio y por proteger la narrativa de Qatar”. Ha enviado cartas, busca apoyo legal en Suiza y no piensa parar.
“Sé que solo soy un granito de arena en el desierto, pero hasta que no haya hecho todo lo que esté en mi mano para que los responsables rindan cuentas, no voy a parar”.



