Jesús Alberto Rubio
Ya pasaron 50 años y el recuerdo de esta historia persiste con profunda evocación.
Imposible olvidar aquella riquísima vivencia comunitaria en el altiplano de México.
Así fue.
En el verano de 1972 tuve la gran oportunidad de participar con el Comité de los Amigos en México como joven voluntario en un campamento de servicio social en la comunidad de San Felipe Hidalgo, Tlaxcala.

El proyecto comunitario tuvo el respaldo del Comité Internacional de Los Amigos con sede en Filadelfia.
Nuestra estancia fue una experiencia y vivencia profunda, inolvidable, la que en cierta manera cambió mi perspectiva y visión de las cosas en los momentos en que estudiaba mi segundo año de preparatoria en la Universidad de Sonora.
Y es que convivir, trabajar y establecer lazos y relación estrecha con los habitantes de aquella comunidad indígena-campesina marginada de los grandes centros urbanos, en verdad, fue muy satisfactoria y por demás significativa.
Fue precisamente el maestro Leo Sandoval Saucedo, nuestro querido y apreciado “Teacher” de la entonces Escuela Secundaria de la Universidad de Sonora, quien meses antes me había invitado a asistir al campamento después de tomar parte junto con un grupo de condiscípulos en la Semana Santa de 1971 en la comunidad Seri de El Desemboque, de frente a la Isla del Tiburón y el Golfo de California.
Muy bien recuerdo que Leo sólo me habló de un detalle: la posibilidad de seleccionar a dos amigos que entendieran la dimensión que encierra todo proyecto social voluntario comunitario en un pueblo rural del centro del país, exactamente en el estado de Tlaxcala.

Así, los elegidos fueron Jorge Figueroa Gálvez (+) y Horacio Orozco Estebane, compañeros de la escuela Preparatoria Central de la Unison.
Hacia México y Tepoztlán
Un servidor estaba participando con los Búhos de nuestra alma mater sonorense en un campeonato estatal en Navojoa, cuando llegó la hora de trasladarme al proyecto, teniéndole que preguntar a mi mánager Gustavo Hodgers Rico qué decisión podía tomar. Su respuesta fue “toma la que desees; cualquiera es buena”.
Así, con toda emoción tomé un autobús hacia la Ciudad de México para por primera vez conocer la gran urbe y no pasarían las 35 horas de viaje cuando de pronto ya estaba, primero frente a la Torre Latinoamericana y Bellas Artes y minutos después bajo el Monumento a la Revolución rodeado de unos jóvenes estudiantes que se me acercaron al verme vestido con mi chamarra verde de la Armada de EU, cabello alborotado, pantalón de pana y zapatos de gamuza.
Instantes después me estaba presentando, de última hora, en La Casa de los amigos, donde ya me estaban esperando.
De ese recinto una de las secretarias me llevó casi “de la mano” a tomar el metro, orientándome como tomar un autobús con rumbo a Tepoztlán, Morelos, donde ya se encontraban Horacio, Jorge y todos los demás voluntarios.
Tras llegar a Tepoztlán tomé un camino de terracería hacia el centro recreativo/campamento rodeado de pinos, Camohmila, donde recibimos durante unos tres días capacitación-entrenamiento junto con jóvenes voluntarios de diversas partes del mundo que también iban a tener tan inolvidable participación en ese verano en diversos campamentos del centro del país.
Al término de la capacitación-convivencia, cada grupo de voluntarios partió hacia sus proyectos respectivos.
A Horacio le tocaría Vicente Guerrero, estado de Puebla.
El arribo a San Felipe Hidalgo
Nunca olvidaré la forma en que llegamos a San Felipe Hidalgo: después de viajar en un día lluvioso en autobús desde México, pasando por Texcoco, Calpulalpan, Benito Juárez, Nanacamilpa y La Estación, una pequeña localidad por donde pasa el ferrocarril proveniente del sureste de México.

Cierto es que, tras llegar a la Estación, el grupo decidió trasladarse a San Felipe Hidalgo caminando y cantando felices de la vida en medio de un hermoso paisaje rodeado de magueyes y un clima templado de verano y cielo nublado, sí, por todo lo que ya sentíamos íbamos a disfrutar en el campamento donde minutos más tarde seríamos recibidos con una enorme manta que decía ¡Bienvenidos Amigos!
Y ya dentro del pueblo, rodeados con enorme y profundo aprecio, cariño de sus habitantes, qué comida de bienvenida nos brindaron.
El grupo de voluntarios estaba compuesto por jóvenes de Washington, Filadelfia, Distrito Federal, Francia, Puerto Rico, San Francisco, Minnesota y Hermosillo, Sonora.
Lo integrábamos Daniel, de California; Luis y Mirna, del Distrito federal; Héctor Heredia, de Puerto Rico; Doug, (Filadelfia); Lita y Linda (Washington); Verdes (Linda), de Minnesota; Jaime, de Francia); Frank y Carol, los líderes y su hija Kelly, de filadelfia.
Jorge y un servidor, ¡hermosillenses!
Grata estancia y convivencia
De nuestra estancia en San Felipe Hidalgo, cuántas vivencias, amistad y espíritu de solidaridad y fraternidad con sus habitantes, desde los niños, jóvenes y personas mayores de edad, con quienes disfrutamos seis semanas inolvidables de aprendizaje humano compartido.
De todos ellos, tras instalaron en las aulas de la escuela primaria Domingo Arenas, que instantes comenzamos a disfrutar con la gente buena del lugar ubicado en una altiplanicie rodeado de montañas y una vegetación compuesta principalmente por bosques de pinos de frente a los legendarios volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl.

Imposible olvidar mi primera visita –luego de la comida de bienvenida– a la laguna de San Felipe donde tuve a mis primeros amiguitos del pueblo: Memo, Tomás y Lucio Vargas, con quienes platiqué por bien rato admirado por su trato y el paisaje y el clima que nos rodeaba.
Más tarde, haría amistad con los niños Juan, Norma, Benjamín y Ángel, vástagos de Juan González Solís y su madre Faustina Juárez Martínez.
También tuve la fraterna amistad de don Alejo Vargas y su señora esposa Teresa Díaz e hijos, además de Gabriela Juárez, Pascual Rivera, Ricardo Morales y Ventura Brindis.
Qué decir de Leopoldo Morales y su esposa Cipriana Juárez, padres de Valentina, Irma, Juana, Agustín, Silvestre y Ángeles.
Asimismo, con Brígida (Vica/mi ahijada), Graciela, Álvaro, Pancho y sus padres, Agustín Morales y su esposa Lupe Pineda (Mis compadres), así como las Estelas Juárez y González, Norberta Carmona, Felipe (Terrera) García y sus hijos Juan y Guadalupe.
De Brígida, fui su padrino cuando concluyó su enseñanza primaria, ya en el momento en que estaba estudiando la carrera de Ciencias y Técnicas de la Comunicación en la Universidad Veracruzana con sede en la ciudad y puerto de Veracruz, llevándole su rico pastel que todos disfrutamos en familia y sus amigos más cercanos.
Proyecto comunitario
Nuestro trabajo en el campamento de verano –Nuestro Verano del 72– consistió en incorporarnos a un proyecto comunitario de ayudar a los vecinos del pueblo en la construcción de la plaza y banquetas, entre otras tareas. También organizamos pláticas con las familias, juegos infantiles y deportivos, teatro guiñol, además de establecer lazos de convivencia con toda la comunidad.
Allí, en San Felipe, inolvidable fue disfrutar su zona natural boscosa, la laguna y el inicio de lo que hoy es un albergue turístico con cabañas y área de campamento para alojarse, además paseos a caballo, observación de flora y fauna, senderismo, caminata, recorridos en lancha y pesca de trucha.
Durante nuestra estancia vivimos en las aulas del plantel escolar, una de ellas habilitada como cocina y todo bajo la supervisión y coordinación general de Rogelio Cova, entonces director del Comité de los Amigos en México.
Un aula la habitaban los líderes Frank, Carol y su hermosa hija Kelly; nosotros en otras: la de varones y la destinada a las damas.
Por las noches, antes de la cena, Daniel Cueva, de Santa Cruz, California, organizaba las meditaciones.
Debo recordar que fue allí en San Felipe Hidalgo donde un 4 de agosto me festejaron con fiesta sorpresa mis primeros 20 años de vida.
En ese periodo de seis semanas tuvimos oportunidad de que el comité organizador encabezado por el amigo líder Rogelio Cova nos llevaran a la Ciudad de México para conocer los sitios más interesantes de la gran capital, como el Castillo-Museo de Chapultepec, Palacio Nacional, Monumento a la Revolución, Bellas Artes y otros sitios por demás atractivos.
En México nos instalaríamos en la Casa de los Amigos ubicad en Ignacio Mariscal 132, a unas cuadras del Monumento a la Revolución.
También nos llevarían a Huamantla, Tlaxcala, para disfrutar sus tradicionales fiestas patronales de la Virgen de la Caridad de agosto con el paso de los toros de la famosa huamantlada y en especial el Desfile de las Flores.
En esas gozamos el ver cómo participaron comparsas muy coloridas y por supuesto, la elaboración y exposición de hermosos tapetes elaborados por artesanos a base de aserrín de vivos colores y flores que cubrían más de seis kilómetros de las calles para honrar a la santa patrona.
La culminación de nuestro campamento también fue algo por demás significativo e inolvidable ya que la mayoría de la gente del pueblo nos despidió con profundo sentimiento y llanto.
Y nosotros, arropados por tan emotiva manifestación de amistad no podíamos dejar de sentir el mismo sentimiento.
Nueva perspectiva
Al retorno del campamento y toda esa experiencia recibida, sentí que me vocación se inclinaba hacia otros horizontes.
Tras la grata experiencia en San Felipe Hidalgo, había llegado otro momento en el transcurso de mi vida.
Antes de ir a ese programa comunitario en la preparatoria me había hecho un examen vocacional y el resultado fue que tenía inclinación hacia la administración de empresas.

Sin embargo, de regreso, consideré que tenía que volver a realizar ese tipo de examen y la respuesta no era otra más que las ciencias sociales y humanidades debería ser mi formación universitaria.
Fue así como pensé en estudiar una carrera universitaria relacionada con la historia, antropología, economía, sociología, el periodismo o bien el nuevo modelo educativo de las ciencias y técnicas de la comunicación ya en boga en México em la primera parte de la década de los años 70.
Y, obviamente, por ya estar inmerso en mi primer año como reportero en El Imparcial de Hermosillo, me dije a mi mismo: “por ahí debo trazar mi futuro profesional”.
Por ello, comencé a ver la oferta de la carrera tanto en la UNAM como en la Universidad Veracruzana, e incluso visité a esta última en Xalapa para conocer su modelo educativo, ya de Ciencias de la Comunicación que iniciaría en enero de 1974.
De Letras a Ciencias de la Comunicación
Al concluir la preparatoria, decidí ingresar al primer semestre en Letras en el Edificio de Altos Estudios de la Universidad de Sonora, mi siempre querida alma mater.
Y es que el ciclo escolar en la Licenciatura en Ciencias y Técnicas de la Comunicación en la Universidad Veracruzana (UV) iniciaban hasta la primera semana de enero de 1974.
De esa forma, en tanto me trasladaba a Veracruz, seguí jugando con los Búhos y al mismo tiempo trabajando unos meses más en El Imparcial.
Cuando llegó diciembre, solicité mis documentos a la Universidad de Sonora, me despedí de El Imparcial –aunque me iba a convertir en Corresponsal gracias a la invitación de su presidente José Alberto Healy Noriega, y mi familia, para trasladarme al bello puerto jarocho y con ello enfrentar un nuevo reto en mi vida.

¡Y qué reto…!
Sabía que las cosas no iban a ser tan fáciles en mi nuevo emprendimiento, pero iba muy bien motivado de poder salir adelante y culminar mi formación universitaria, especialmente.
Llegando al puerto jarocho empezaría una nueva faceta; me incorporé como reportero a El Dictamen, y días más tarde a la Facultad.
Esa es otra historia.
Los Amigos
Volviendo la mirada-retrospectiva en el tiempo hacia nuestro Campamento de Verano de 1972, en efecto, resulta muy gratificante saber que jóvenes de todo el mundo llevan a cabo a través de campamentos de corto y largo plazo un significativo trabajo social voluntario en una diversidad de comunidades rurales e indígenas tanto de nuestro territorio sonorense, como algunos puntos del altiplano mexicano y en los países centroamericanos.
Movidos por la fe en el servicio social, el humanismo y la fraternidad, los jóvenes impulsan un pensamiento y acción de beneficio de comunidades marginadas anhelantes de mejores expectativas de vida.
Por ello, me es grato hacer referencia a la labor social y humanitaria que realiza el Comité Internacional de los Amigos con sede en Filadelfia.
Debo destacar que el Comité Internacional de los Amigos, un Organismo No Gubernamental, obtuvo el Premio Nobel de la Paz en los años 50, por su relevante papel humanitario en la Guerra de Corea.
Los amigos, como son conocidos en el mundo, profesan el amor a la convivencia y trabajo social, sin tomar en cuenta credo/religión, color e ideología.
Asimismo, practican la paz social y son seguidores de las tesis filosóficas de la Revolución No Violenta de Mahatma Gandhi y Martín Luther King.
Los proyectos que impulsan son a largo y corto plazo; en el primero participan profesionistas durante lapsos de uno a tres años en áreas u obras específicas, el segundo, por un periodo de seis semanas durante los veranos de cada año con los jóvenes voluntarios que se incorporan a obras diseñadas por los gobiernos, ya sea federal, estatal o municipal, trabajando junto con los miembros de la comunidad con la que en sus estancias tiene la oportunidad de establecer fuertes lazos de convivencia.
Por lo general, los voluntarios, quienes siempre habrán de contar con uno o dos líderes, reciben apoyo en la alimentación, el equipamiento necesario y suelen vivir en las aulas de alguna escuela rural donde desarrollan los proyectos comunitarios.
La Asociación Sonorense de Los Amigos
En nuestra entidad tuvimos a la Asociación Sonorense de Los Amigos (ASA)fundada en 1964 por Norman Krekler (1928-1993), su esposa Exelee McMahan (1934-1990), así como Leo Sandoval Saucedo y Héctor Rodríguez Espinoza, los últimos tres, docentes de la Universidad de Sonora.
Se tuvo una Residencia de Paz denominada “Hebert Sein” y a lo largo de muchos años también realizó con jóvenes voluntarios campamentos de trabajo social en diversas comunidades de la sierra sonorense.
He de hacer referencia especial de Norman Krekler, un ciudadano norteamericano, voluntario pionero en México de American Friends Service Comittee, cuyo árbol genealógico está enraizado en Akron, Ohio.
Con los seris
Fue precisamente en la Semana Santa de 1964 cuando se registra el primer antecedente de un campamento de servicio social de Los Amigos:
Norman y Exelee se convirtieron en líderes de un proyecto social en la comunidad Seri de El Desemboque en la que trabajarían sus hijos Karina Holly, Eric William y Timothy, Leo y sus hijos Manolo y Lucy.
Sobre esta historia, el doctor en Literatura Manuel Murrieta Saldívar, también exvoluntario, escribió un día:
“Norman Krekler vino a México por un par de meses, y aquí se quedó a vivir; en tanto, su esposa Exelee, oriunda de Kansas, entregó su vida como maestra y moriría aquí, siendo la directora de Idiomas de la Universidad de Sonora.
Amigos cercanos en aquella época a ellos lo serían Mónica Ejerhed, procedente de Suecia, quien abandonó en definitiva la frialdad nórdica para enamorarse de las playas vírgenes, del misterio del desierto y de la luna entera, y aquí cuajó su genio de escultura.
En el mismo contexto de amistad y compañerismo, entre otros como Jesús Uribe, también estuvieron buen tiempo los maestros Xicotencatl Murrieta y su compañera Cynthia Radding, historiadora y fundadora de museos regionales y de la familia Hampton que cada verano, durante casi diez años, sembraron árboles frutales, abrían zanjas, reconstruían plazas y escuelas, lideraban jóvenes nacionales y extranjeros, desde el ejido Carrillo Marcor en la Costa de Hermosillo, hasta Tepoca, San Rafael o Santa Rosa en el corazón serrano.
La Casa de Los Amigos
Desde los años 30’s, la comunidad cuáquera en México promovió programas sociales en México.
La Casa de los Amigos, A.C. en la capital del país, ubicada en la calle José María Iglesias, cerca del Monumento de la Revolución.
Allí se fundó formalmente en 1956 después de la adquisición de la propiedad de la familia del muralista José Clemente Orozco.
Uno de sus grandes líderes, además de director, fue Rogelio Cova (+), quien por muchos años mantuvo importante un programa de trabajo comunitario a través de proyectos en comunidades rurales de Tlaxcala, Puebla, Estado de México, Hidalgo y Veracruz.
Su misión: promover la paz y entendimiento internacional a través de proyectos sociales con voluntarios.
El Comité Americano de Servicio de los Amigos (American Friends Service Committee) apoyó a la Casa de los Amigos con recursos económicos y voluntarios hasta 1984.
La Casa de los Amigos tiene una larga historia enriquecida con proyectos sociales para la comunidad mexicana.
Desde los años de las décadas de los años 50 y 60 se dio a la tarea de traer voluntarios de todas partes del mundo, sobre todo de los Estados Unidos y Canadá para realizar campamentos de servicio en varias comunidades en México, especialmente en el altiplano del país, fuesen en las entidades de Tlaxcala, Puebla, Estado de México e Hidalgo.
A mi me tocó y me impactó, sobremanera, San Felipe Hidalgo y su buena gente que, con todo y el paso del tiempo, ya de más de diez décadas, siempre la tengo presente.
Un devenir eterno muy sensible y humano.



