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Mijaín López: un año del oro eterno y la despedida del más grande

Se fue, pero no del todo. Sus zapatillas quedaron sobre el colchón y su leyenda, en cambio, se quedó para siempre en el corazón de su gente.

El cubano Mijaín López fue registrado el pasado 6 de agosto al celebrar la obtención de la medalla de oro de la lucha grecorromana de los Juegos Olímpicos 2024 para la categoría de los 130 kg, en el coliseo South París Arena de la capital francesa. EFE/Yanya Arhab

Por Boris Luis Cabrera Acosta

La Habana, 6 ago (Prensa Latina) Hace hoy exactamente un año, Mijaín López hizo temblar los cimientos del Olimpo desde el corazón de París, donde selló con oro su adiós definitivo a los colchones de la lucha grecorromana.


Aquel día, en la Champ de Mars Arena y bajo la Torre Eiffel, la historia del deporte mundial fue reescrita por un cubano. El Gigante de Herradura, próximo a cumplir 42 años y con una determinación indoblegable, conquistó su quinto título olímpico consecutivo, convirtiéndose en el primer humano en alcanzar tal hazaña en una misma prueba individual. Nadie, ni Karelin ni Bolt ni Phelps. Solo Mijaín.

El luchador cubano Mijain López celebra con la medalla de oro en la final de Lucha Grecorromana, 130 kg masculino, de los Juegos Olímpicos París 2024, en la capital galaEFE/ Miguel Gutiérrez


La épica de aquel combate final, ganado por superioridad técnica (6-0) ante su compatriota Yasmani Acosta, fue apenas la antesala de un momento aún más solemne: con la serenidad de los dioses, López se quitó las zapatillas y las depositó en el centro del colchón. El silencio fue inmediato, reverencial. Era su despedida, su consagración.


Desde Pinar del Río hasta Maisí, millones de cubanos seguían el duelo por televisión. Se detuvo el café, se apagaron las hornillas, se enmudecieron las calles.

El país entero contenía la respiración ante los embates del titán. Y cuando llegó la victoria, brotaron los abrazos, las lágrimas, los vítores: «ÂíCinco oros, cinco estrellas, un solo campeón!»


La televisión lo mostró de espaldas al mundo, de frente a la gloria. El rostro sudado, los ojos brillando de emoción, los brazos abiertos a la eternidad. La bandera cubana ondeando sobre sus hombros. Y en su pecho, esas cuatro letras: CUBA.


Su camino a la cima fue una lección de resistencia. Venía de un prolongado silencio competitivo tras Tokio 2020, cargando el escepticismo ajeno y los pronósticos de declive.

Pero regresó como solo regresan los elegidos. Derribó a uno, neutralizó a otro, dominó al penúltimo, y venció al otro finalista sin recibir un solo punto. Un paseo imperial hacia la inmortalidad.


Hoy, al cumplirse el primer aniversario de aquella jornada inmensa, Cuba entera lo recuerda como el mejor luchador de todos los tiempos y como el símbolo de una nación que resiste, sueña y pelea.

Porque Mijaín, además de ganar medallas, forja carácter, inspira a generaciones y le da nombre al honor.

Se fue, pero no del todo. Sus zapatillas quedaron sobre el colchón y su leyenda, en cambio, se quedó para siempre en el corazón de su gente.
jha/blc

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