El periodismo deportivo exige análisis, pero también respeto. Y en el caso de Juan Soto, lo que hemos visto de parte de Fernando Ballesteros no es crítica objetiva, sino una verdadera obsesión disfrazada de comentario “profesional”.
Ballesteros ha convertido cada error, cada jugada discutible de Soto, en un festín de demagogia. Nunca falta la frase irónica, el comentario cargado de veneno, la exageración que pretende minimizar los logros de un jugador que, guste o no, es uno de los talentos más grandes de esta generación. Eso no es análisis: es una cacería.
Porque cuando hablamos de Soto, hablamos de un campeón de Serie Mundial, de un bateador con números de élite, de un joven con apenas 25 años que ya se codea con los históricos. ¿Y qué hace Ballesteros? Encerrarse en remarcar lo mismo una y otra vez: “su defensa”, “su corrido de bases”, “su actitud”. Como si esos detalles pudieran borrar el peso de sus estadísticas y su impacto en el juego.
El problema es que esa narrativa no es inocente. Cuando un periodista repite y repite un discurso sesgado, está moldeando percepción, está buscando restar méritos, está, en pocas palabras, haciendo campaña en contra de un jugador. Y aquí no se trata de ser dominicano o mexicano, se trata de ser justo.
Fernando Ballesteros puede creer que con frases demagógicas va a cambiar lo que Soto representa. La realidad es otra: Soto seguirá escribiendo historia con su bate, seguirá rompiendo registros y seguirá siendo orgullo de su país y de Latinoamérica.
Todo esto es simple y sencillamente por el contrato que Soto acaba de firmar, pensaría Ballesteros o tendría la misma cacería si Soto fuera Mexicano?.
Si algo debería incomodar a la audiencia no son los turnos fallidos de Soto, sino la falta de rigor en quienes, con micrófono en mano, prefieren desgastar a una figura en lugar de reconocerla en su justa dimensión. La credibilidad no se construye con ataques personales ni con obsesiones; se construye con objetividad. Y en eso, Ballesteros está quedando a deber.



