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Hablando Claro

La noche que Boston paró la ciudad por un catcher

Los Medias Rojas tenían a Tim Wakefield listo para lanzar, pero había un problema serio: su knuckleball no la recibe cualquiera. Y el único hombre de confianza, Doug Mirabelli, ya no estaba en el equipo.

Doug Mirabelli. Fuente Externa

Por Danny García

Hay historias en el béisbol que parecen inventadas,  pero el 6 de mayo del 2006, en Boston, todo fue real.

Aunque muchos recuerdan la fecha como el 1 de mayo ( hasta en internet aparece esa confusión), la verdad es que todo ocurrió el día 6. Y no solo eso: también hay quienes aseguran que fue contra los Yankees, pero el rival de esa noche fueron los Seattle Mariners.

Esa noche no empezó en Fenway Park.

Empezó en el aire y siguió con sirenas.

Los Medias Rojas tenían a Tim Wakefield listo para lanzar, pero había un problema serio: su knuckleball no la recibe cualquiera. Y el único hombre de confianza, Doug Mirabelli, ya no estaba en el equipo.

Lo habían cambiado días antes.

Cuando en Boston se dieron cuenta de lo que venía, no lo pensaron mucho. Ese mismo día lo trajeron de vuelta desde San Diego. Contra el reloj. Sin margen de error.

Mirabelli se montó en un avión rumbo a Boston, mientras el juego se acercaba. Y cuando aterrizó en el aeropuerto Logan, lo que le esperaba no era normal.

Una patrulla policial.

Luces encendidas. Sirena abierta. Camino despejado.

Como si se tratara de una emergencia nacional… pero era béisbol.

La patrulla arrancó y lo llevó directo a Fenway Park. Y cuando llegó, Mirabelli ya venía con parte del uniforme puesto, listo para trabajar.

Entró, se terminó de cambiar y salió casi sin calentar.

A su puesto.

Esa noche hizo lo que tenía que hacer: encargarse de una de las bolas más difíciles de atrapar en todo el juego. No fue bonito, porque con Wakefield nunca lo es, pero fue efectivo.

Boston ganó 5-4.

Y aunque el marcador quedó en los libros, lo que nadie olvida es lo que pasó antes del primer pitcheo.

Un catcher que volvió el mismo día.
Una escolta policial a toda velocidad.
Y una historia que confirma que el béisbol no se parece a ningún otro deporte.

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