Miami, FL.— Si bien es cierto que cuando una persona labora durante muchos años en un mismo entorno surgen vínculos de amistad con quienes le rodean, para el cronista deportivo esa cercanía puede convertirse en un cuchillo de doble filo.
Relacionarse amistosamente con un atleta implica un riesgo profesional, ya que al momento de emitir un juicio de valor que pueda afectar a ese amigo, la objetividad puede verse comprometida. En no pocos casos, el comunicador opta por suavizar su criterio para no herir sentimientos ni afectar el legado de esa persona.
Cuando un atleta se encuentra en la postrimería de su carrera y el fanático no observa los resultados esperados para ayudar a su equipo, lo único que este exige son victorias. El aficionado quiere resultados positivos, no explicaciones sentimentales.
Es cierto que los atletas tienen años de gloria y que muchos son venerados, incluso idolatrados, por la fanaticada. Sin embargo, cuando las facultades comienzan a disminuir ya sea por lesiones o porque el tiempo pasa factura, el fanático deja a un lado la nostalgia y exige un jugador en plenas condiciones para ayudar a ganar partidos. En ese punto, no hay espacio para los sentimientos.
Cuando surgen los reclamos hacia la gerencia de una organización por el bajo rendimiento de un jugador, es ahí donde aparece el verdadero peligro para el cronista deportivo. Para emitir una opinión lógica y honesta, debe mantener la objetividad; pero al existir una amistad, algunos comunicadores terminan perdiéndola y, en lugar de analizar la realidad, tildan a los fanáticos de malagradecidos por “olvidar” los momentos de gloria que ese atleta brindó en el pasado.
Si las relaciones amistosas se mantuvieran sobre la base del respeto mutuo y con la clara conciencia de separar la amistad de lo laboral, capacidad que no todo el mundo posee,estas situaciones no se producirían.
El periodista debe cuidarse, afianzarse en la realidad del momento y, si así lo desea, resaltar los tiempos en que ese atleta hacía vibrar las tribunas. No obstante, nunca debe perder la objetividad profesional. Debe adaptarse a la realidad actual y, si es necesario, incluso comentar en favor del propio deportista, sugiriendo decisiones que eviten que continúe dejando una imagen negativa dentro de la organización.
Una vez más lo repito: no todo el mundo tiene la capacidad de separar la amistad de lo laboral. Y cuando esa línea se cruza, quien termina saliendo perjudicado es, sin lugar a dudas, el comunicador.



