Los cibaeños tildamos de “ambiciosa” a una persona que todo lo quiere para él, que arrebata y que siempre vive como el cuento aquel de Don Martín Garata, cogiendo los mangos bajitos.
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Sin embargo, científicamente, una persona “ambiciosa”, es aquella que tiene una característica que se considera, en general, algo positivo.
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A nivel de sicología otros consideran como una persona ambiciosa a aquella que no tiene límites para lograr lo que desea e inclusive es destructiva.
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La doctora Thato Tinte, dice que el fracaso de una persona ambiciosa, puede ser devastador, difícil de superar, y puede afectar a la autoestima, principalmente debido a expectativas poco realistas.
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Explica que en un estudio realizado en 2014 sobre la “ambición despiadada”, los investigadores de la Universidad de Berkeley en California encontraron un vínculo entre “la percepción de la condición social de uno, o la falta de ella” y las enfermedades mentales.
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Según la profesora de psicología y autora principal del estudio, Sheri Johnson, los sentimientos inflados o desinflados de autoestima están relacionados con el trastorno bipolar, el trastorno narcisista de la personalidad, la ansiedad y la depresión.
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Las personas propensas a la depresión o la ansiedad también tienen poco sentido de poder y de orgullo por sus logros.
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La ambición nunca se satisface. Una vez que lograste un objetivo, tu propósito se convierte en el siguiente objetivo… y así el ciclo continúa, hasta que te perjudique en tu salud mental.
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Como todo en la vida, el exceso es malo y digo yo, peligroso, porque todas las monedas tienen dos caras.
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Por eso siempre recuerdo lo que decía mi abuelo a ocho hijos varones que tenía. La ambición mata el ratón.
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¡A quien les sirva el traje que se lo ponga!



