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Grande desde siempre, la embajadora peruana de los Panamericanos

Se dedicó tanto al deporte que dejó sus estudios de traductora e intérprete, por priorizar viajes e intensos entrenamientos, que empezaba a las seis de la mañana. Y, a los 29 años, está segura de que valió la pena.

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Por Manuel Robles Sosa

LIMA.- (Prensa Latina) Al comienzo, Alexandra Grande, la embajadora deportiva peruana de los Juegos Panamericanos de Lima»2019, cargaba su apellido con gran mortificación, pues lo poco usual de ese legado de su padre la hacía objeto de burlas y apodos constantes de sus compañeritos de colegio.

‘Pero fue pasando el tiempo y me di cuenta de que esa palabra, grande, me hacía sentir algo fuerte, grande de corazón’, dice la karateka que suma constantemente lauros internacionales y que comenzó a practicar ese deporte desde niña, en la modalidad de kumite (combate).

Su madre practicaba karate y su padre kung fu y tenían una academia en su propia casa, por lo que las llamadas artes marciales la marcaron desde pequeña.

Sin dejarse desanimar por lo duro del esfuerzo ni por la falta de apoyo oficial, fue avanzando de a pocos, decidida a ser la mejor y para ello, contando con el respaldo de su familia, viajó al exterior a forjarse con los mejores y prepararse para la alta competencia y regresó madura y decidida a triunfar.

Se dedicó tanto al deporte que dejó sus estudios de traductora e intérprete, por priorizar viajes e intensos entrenamientos, que empezaba a las seis de la mañana. Y, a los 29 años, está segura de que valió la pena.

Pero el trayecto fue duro: con sacrificios que van de privarse del buen comer, algo sacro en Perú, porque entendió que al cuerpo hay que cuidarlo y ‘a un auto Lamborghini no le vas a poner gasolina barata de 84 octanos’, hasta dejar las fiestas de amigos y familiares o llevar a las pocas reuniones sociales que iba, su ración de comida sana.

El camino al éxito fue arduo, fue un largo aprender y crecer, a punta de derrotas, de momentos duros, que comenzó a superar tras su periplo internacional y rodearse de nutricionistas, psicólogos, preparadores físicos y otros especialistas.

A los 17 años ya era campeona sudamericana, pero en su primer torneo juvenil panamericano la eliminaron en la primera pelea y los dirigentes del karate de Perú la daban por fracasada; peor, cuando en 2014, en un torneo en Lima, perdió en la segunda ronda.

Ese fue el revés que marcó un vuelco en su vida y en su preparación. Cuenta que desde entonces comenzó a competir con mayor concentración y decisión hasta que el oro ganado en los Juegos de Toronto fue su gran premio.

Lo que ha podido conseguir no es nada desdeñable. Además de la medalla de oro en los Panamericanos de Toronto de 2015, logró el título de campeona del Mundial de Karate de Breslavia de 2017 y del torneo Premier League de Berlín de 2018.

Por esos y otros éxitos, ha recibido la máxima condecoración deportiva de su país, los Laureles Deportivos en el grado de Gran Cruz y ahora quiere volver a ganar la presea dorada en su tierra y después buscar una medalla en los Juegos Olímpicos de Tokio del año próximo

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