Por Alexander Gómez
Para Apolinar Zarante Rosas, mejor conocido como “Espartaco”, la lucha libre nunca fue un simple espectáculo.
Fue disciplina, sacrificio y, sobre todo, realidad. “Ahí se golpeaba de verdad”, afirma sin rodeos, recordando una época en la que subirse al ring implicaba riesgos físicos reales y una entrega total al público.
Su historia comienza en los patios de barrio, donde siendo apenas un niño descubrió su pasión. Inspirado por figuras como El Santo y por relatos de gladiadores, adoptó el nombre que lo acompañaría toda su vida: Espartaco.
“Tenía 12 años cuando me preguntaron cómo me iba a llamar, y lo dije sin pensarlo. Desde ahí nació todo”, recuerda. Años después, llegaría a la lucha profesional en República Dominicana, donde empezó cobrando apenas 15 o 20 pesos por combate.
Su salto a la élite llegó bajo la tutela de Jack Veneno, a quien no duda en colocar por encima de cualquier figura internacional.
“Si El Santo era 10, Jack Veneno era 11”, dice, convencido al ser entrevistado por Juan Carlo Arvelo para su programa @trayectoriaRD
En esa etapa, Espartaco se consolidó como un luchador técnico y estilista, famoso por sus patadas voladoras y su resistencia física. “Si podía ganarte en tres minutos, no lo hacía. Había que darle espectáculo al público”, explica.
Pero el camino no estuvo exento de peligros. Una caída fuera del ring casi le cuesta la vida tras impactar contra un banco.
“No sentí nada en el momento, pero después supe que pude quedar paralítico”, cuent[o.
También recuerda compañeros que no corrieron con la misma suerte, como un luchador conocido como “El Sacerdote”, quien falleció tras complicaciones por los golpes recibidos.
En aquellos tiempos, no existían seguros médicos ni garantías para los atletas.
Fuera del cuadrilátero, la vida también tenía su intensidad. Espartaco admite que la fama atraía atención, especialmente femenina, pero su historia tomó otro rumbo en 1979 al conocer a su esposa, Daisy Milagro Castro.
“Ese día yo no iba a luchar, y ella nunca había ido a una lucha. Nos encontramos por obra de Dios”, relata. Décadas después, siguen juntos, con hijos y nietos que hoy conocen su legado a través de fotos y recuerdos.
Al mirar atrás, Espartaco no oculta la nostalgia por una época que considera irrepetible. Tras emigrar y regresar en los años 90, encontró una lucha libre en decadencia.
“Viví los años dorados y luego vi gradas vacías”, dice. Aun así, su historia permanece como testimonio de una generación que convirtió el ring en escenario de vida, entrega y verdad.



