
por Jorge Ebro
La confirmación de que Andy Pagés no vestirá el uniforme de Cuba en el Clásico Mundial de Béisbol 2026 representa mucho más que una baja puntual en el róster.
Es, en esencia, la pérdida de un jugador capaz de elevar el techo competitivo del equipo nacional en un torneo donde cada detalle marca la diferencia entre avanzar o volver a casa temprano.
Pagés no era un nombre más dentro de la lista de posibles convocados. Su inclusión apuntaba a resolver varios de los problemas estructurales que ha mostrado Cuba en ediciones recientes del Clásico: falta de poder sostenido, menor rango defensivo en los jardines y escasa experiencia al más alto nivel competitivo.
“Tengo muchas cosas que mejorar y tengo que prepararme para un año largo’’, confesó el reconocido pelotero antillano al sitio especializado Pelota Cubana USA, para explicar por qué renunció al equipo nacional. “Tengo que trabajar en lo que es más importante.”
El jardinero de los Dodgers reunía atributos poco comunes en el contexto actual del béisbol cubano: poder probado en MLB, defensa confiable, brazo fuerte y —quizás lo más importante— la costumbre de jugar bajo presión en una organización donde el margen de error es mínimo.
Todo eso no se reemplaza fácilmente. Desde el punto de vista táctico, su ausencia obliga a Cuba a reconfigurar por completo el outfield.
La combinación que se proyectaba junto a Víctor Labrada ofrecía equilibrio entre ofensiva y defensa, y permitía mayor flexibilidad en la alineación.
Sin Pagés, el equipo vuelve a depender de jardineros con menor impacto ofensivo o con menos recorrido frente a lanzadores de élite, justo el tipo de pitcheo que domina el Clásico Mundial.
Pero el impacto no es solo deportivo. La ausencia de Pagés también golpea el discurso de apertura e integración que la Federación Cubana de Béisbol ha intentado sostener en los últimos años.
El jardinero había mostrado disposición previa para representar a Cuba, y su eventual debut con la selección habría enviado un mensaje potente a otros peloteros establecidos en MLB: que el Clásico podía convertirse en un punto de encuentro real para el talento cubano, sin distinciones.
La realidad, sin embargo, vuelve a imponerse. Las exigencias del calendario de Grandes Ligas, la necesidad de afinar aspectos individuales y la prioridad lógica de una carrera profesional pesan más que un torneo corto, por prestigioso que sea. Pagés fue claro: su enfoque está en prepararse para una temporada larga, una decisión comprensible desde lo individual, pero costosa desde lo colectivo. En términos comparativos, Cuba enfrentará el Clásico 2026 sin uno de los pocos bateadores con poder real probado en MLB.
En un torneo donde selecciones como Estados Unidos, República Dominicana, Venezuela o Japón alinean múltiples peloteros con 25 o más jonrones anuales, la ausencia de un perfil como el de Pagés profundiza una brecha que ya era evidente.
El equipo Cuba sigue teniendo talento, pero cada negativa de este calibre reduce su margen de maniobra.
El jardinero de los Dodgers no garantizaba victorias, pero sí ofrecía algo que hoy escasea: impacto inmediato y credibilidad competitiva. Sin él, Cuba llegará al Clásico Mundial 2026 obligada a hacer más con menos, una vez más, y con la sensación de que la oportunidad de dar un salto real volvió a escaparse entre los dedos.













