Al viejo Canelo Álvarez, de 36 años, ya no le gustan las tempestades ni las precipitaciones juveniles. Es calculador: prefiere imponer su ritmo, apretando y quitando el pie del acelerador, pero a la misma vez exponiéndose lo menos posible al peligro. Primero olfatea al oponente, lo lee de pies a cabeza y, cuando sabe que lo tiene, no lo liquida, sino que lo invita a una noche de sparring.
Canelo volvió a ser campeón mundial tras derrotar por decisión unánime a Christian Mbilli en un monólogo. El mexicano dirigió la pelea como su propia orquesta. Se suponía que el campeón sería el revulsivo, ese pugilista que brinda espectáculo yendo hacia delante como si fuera un arrebato de la naturaleza, 168 libras de músculo definido para la destrucción. No hubo nada de eso. Canelo no solamente lo supo torear, sino que tampoco tuvo que exigirse para descifrarlo rápidamente.

Canelo Álvarez volvió a ser campeón mundial al derrotar a Mbilli. AP Photo/Yazeed Aldhawaihi
El propio Mbilli se enterró con esa estrategia. Empezó con demasiada tranquilidad, presionando muy poco y sin lanzar ni la mitad de los golpes a los que nos tiene acostumbrados. En cierta medida, influyó Canelo con su jab para mantenerlo a distancia. Lo interesante de Mbilli es que se conformaba estando lejos del lugar de los acontecimientos: la corta distancia. Y cuando lograba entrar, sacrificando un poco el físico, no se quedaba, sino que salía sin explicación alguna para volver a empezar.
Antes de la pelea, Mbilli promediaba 78 golpes lanzados y 30.4 conectados por asalto. Frente a Canelo, sus números bajaron estrepitosamente: apenas conectó 9.75 de los 28.6 golpes que lanzó por round, mientras que el mexicano promedió 26.5 lanzados y 13.1 conectados.
Y Canelo lo supo desde el principio. No mentía cuando dijo en el primer cara a cara que ni con 10 Christian Mbilli podía ganarle; tampoco al Canelo de 60 años. Había muchas dudas sobre cómo reaccionaría el cuerpo del mexicano a los 36 años después de que no le respondió como quería ante Terence Crawford y de haberse sometido posteriormente a una operación en el codo. Sin embargo, vimos al Canelo de los últimos cinco años: más estratega que pasional, sin perder velocidad.
La decepción más grande de Mbilli no fue la derrota, sino que evitó entrar en el fuego cuando Canelo lo invitó hasta en tres ocasiones en el tercer round a que lo golpeara. El azteca, rebosante de confianza, se fue a las cuerdas y le pedía al francocamerunés que lo golpeara. Mbilli pecó de tímido: grave error. No fue ni valiente ni ambicioso.
Pero no todo es vino y rosas para Canelo en esta pelea. Así como un escritor fracasa cuando un lector se aburre, lo mismo pasa en el boxeo. Cuando eres la estrella, el rostro del boxeo, siempre el público pide más. Es la condena por ser la figura y siento que se ha olvidado de llenar ese vacío en los fanáticos. Caleb Plant fue su última víctima por KO en 2021, y Mbilli tenía todos los ingredientes para reencontrarse con esa misma sensación. No ocurrió, no porque no pudo, sino porque ni se molestó en buscarlo. Creo que esa es una pelea perdida para el Canelo en su recta final.
No confundamos el ser calculador con la falta de hambre. Parece que a Canelo le sobra. Solo basta escuchar el grito que pegó cuando fue proclamado como nuevo campeón mundial del CMB, aun cuando había sido solo una noche de sparring en Riad, Arabia Saudita.
Via: ESPN.com


