Ichiro Suzuki/ Fuente Externa
Por Gabriel Delgado Aguilar
TOKIO, Japón.– No cabe duda de que el japonés Ichiro Suzuki es uno de los mejores peloteros extranjeros que ha llegado a jugar en Grandes Ligas, incluso de todos los tiempos de cualquier nacionalidad que haya pisado un terreno de MLB. Sin embargo, a su llegada a la liga en 2001 con los Marineros de Seattle, cómo era de esperarse, el escepticismo rondó alrededor del nipón.
A pesar de que Ichiro venía cómo el unánime mejor jugador de la Liga Japonesa, la cuál tiene un nivel extraordinario, los estadounidenses veían con desden al menudo jugador de 1.80 metros de estatura y poco más de 70 kilogramos de peso. A tal punto llegó el despreció por las habilidades de Ichiro que el ex pitcher y analista de ESPN en aquel entonces, Rob Dibble, habló de más.
En un programa de radio, Dibble apostó a que si Ichiro ganaba en 2001 el Título de Bateo se tatuaría su nombre en japonés en el trasero, y si bateaba a más de .300, correría en tanga por Times Square en Nueva York mostrando el tattoo. Obviamente Dibble nunca pensó que el japonés encendería la liga cómo lo hizo ese año.
A pesar de que Ichiro tuvo 7 Títulos de Bateo consecutivos en Japón y numerosos premios, nadie pensaba que podría repetir su éxito en Estados Unidos. Sin embargo lo hizo: Ichiro no sólo ganó fue Champion Bat, también ganó el Novato del Año, fue All-Star y obtuvo el MVP de la Liga America, además del Bate de Plata y el Guante de Oro, liderando a los Marineros de 2001 a empatar la marca de más victorias en temporada regular de la historia, con 116 victorias.
Ichiro simplemente revolucionó el beisbol de Grandes Ligas y maravilló a los americanos con su juego elegante, eficiente y espectacular. Para desgracia de Dibble, la tremenda temporada de Ichiro significó que tenía que cumplir su promesa de tatuarse el nombre del japonés en su retaguardia.
Al principio, Dibble estaba reacio a hacerse el tatuaje, ya que en un artículo que escribió para ESPN detalla que «para nada fue una apuesta» y que lo dijo de manera retórica y no en serio. Sin embargo, la fanaticada exigió que cumpliera lo que había prometido, y al final gracias a la presión, lo tuvo que hacer.
La lección de aquí es nunca hablar basura, y menos de Ichiro Suzuki.