Un grito rasga el pabellón. ¡¡Vamos!! Una palmada imperiosa. Miles la acompañan. Las palmas se hacen silencio. El velódromo calla y escucha. Solo una figura. Pim, pam, pum. Hop, jump, step. 14,20m. Una sonrisa pícara. Fin de la discusión en el segundo intento. En el quinto, por si acaso, el remate. Mirada a la grada. Sus padres y su hija, y su chico, vestido de técnico serio que mide las batidas, los pasos, los impulsos. Dedicatoria a la niña. 14,37m. Media vuelta. Brazo en alto como el del torero cuando el toro se rinde.
Ana Peleteiro, largos calcetines negros hasta la rodilla. Siempre bota, siempre corre, siempre salta, y triunfa. En las redes, en la pista. Más rasa, más aérea, globo o piedra humilde, canto rodado, que rebota en un río limpio; en Madrid, en Galicia o en La Habana. Juvenil, pretenciosa, mujer soberbia, madre enamorada. Vocinglera, feliz, airada. Africana, gallega, caribeña. Estilo cubano, polaco, soviético. Maltratada, amada. Peleteiro a secas o Peleteiro-Compaoré, orgullosa con el apellido de su marido y entrenador unido con el guion.

Mujer poderosa el 7 de marzo.
Hace ya unos años, antes de que en el diccionario solo existiera la palabra resiliencia para definir y explicar cualquier proceso, Ana Peleteiro ya era un ejemplo, viviente, feminista y saltarín, de resiliencia, puro muelle en la vida y en la pista, ya sea en la pista desierta de Tokio, en 2021, cuando su bronce olímpico con magnífico récord nacional (14,87m) o en el tablado de la Roma lluviosa donde gana su primer título europeo al aire libre, junio de 2022, o en los pasillos abrigados de Glasgow 2019, cuando su primer oro europeo en pista cubierta, o en el mismo Glasgow, cinco años más tarde, ya madre de Lúa, con la que da la vuelta de honor con el bronce mundial o en un velódromo reconvertido en cancha de atletismo hermosa y recogida en la campiña neerlandesa, donde, con 29 años ya, revive de nuevo, florece y se multiplica y, una vez más, demuestra que sus decisiones, impulsivas o meditadas o audaces o egoístas son siempre las correctas. Y a los cenizos, los agoreros, que les den.
No es el mejor momento del triple. Es año postolímpico, que saltadores y saltadoras de la especialidad más agresiva con el organismo, articulaciones y músculos reventados, aprovechan para descansar, pasar por el taller de reparaciones, tener hijos, recuperarse, pero Peleteiro siempre está ahí. “Creo que he demostrado a lo largo de mi carrera que soy una persona perseverante y muy trabajadora y que lucha hasta el último intento y así va a seguir siendo”, proclama. “Pero eso no significa que haya sido fácil. Cuanto más abierto está, más loca se vuelve la gente para pelear por las medallas y yo no me iba a acomodar. Nunca lo he hecho”. Y hace uf, cuando le miden el sexto intento a la rumana Diana Ana Maria Ion, que hace la locura de la noche, 14,31m (llegaba con un salto de 14,23m) y ha rozado su marca en la arena. Y salta el sexto, descontrolada, nulo, solo para darse el placer de tirarse a la arena oscura y extenderse de espaldas a la manera de Rafa Nadal en la arcilla roja de París. El bronce fue para la finlandesa Senni Salminen (13,99m).
Pocos creían que volvería a saltar como las mejores después de ser madre, y no muchos más apostaban por ella hace seis meses, sexto puesto amargo en los Juegos de París en agosto, cuando en septiembre pasado anunció que dejaba de entrenarse en Guadalajara junto a la mítica Yulimar Rojas y a las órdenes de Iván Pedroso, con quienes tanto había querido y crecido, para irse a Galicia, a su pueblo de Ribeira, en A Coruña, con su chico y padre de Lúa, un triplista francés de 17,48m y 37 años llamado Benjamin Compaoré, que la entrenaría en un pabellón bautizado con su nombre, Ana Peleteiro, reina de los lugares. “Siempre me he dejado llevar por el corazón”, dijo entonces, intentando explicar una elección que privilegiaba la conciliación y la vida de pareja, y minimizaba los problemas que tenía para cuidar de su hija, bebé, mientras entrenaba, viajaba y competía. “Pero esta vez, además, por primera vez no he sido impulsiva, lo he meditado mucho”.
Aunque su experiencia con el nuevo entrenador comenzó disruptiva —cambio de técnica de brezos, cambio de pierna de batida, cambio de carrera de 16 pasos— y duró poco, la sabiduría de ambos les permitió rectificar para bien. “Ha ido todo siempre a mejor. Nunca he tenido un día en el que haya dado un paso atrás. Benjamin ha sabido programar muy bien la temporada para no hacer cosas de más, siempre prudente y respetando los tiempos”, dice la campeona. “Estamos intentando saltar de forma más horizontal y mejorando de una vez por todas la técnica para ganar en salud y en longevidad, que era lo que se me atravesaba bastante desde hace años”.
Después de Apeldoorn a Peleteiro le llama el Mundial en pista cubierta de Nanjing, en China. Sin Yulimar Rojas, que intentará clasificarse para la longitud en su regreso a las pistas a los 11 meses de romperse el Aquiles, las posibilidades del oro se multiplican. Y en el futuro ya se oyen los tambores de Los Ángeles 2028, los próximos Juegos. “Tendré 32 años. Siento que a lo mejor estando lejos de la familia y viviendo en Guadalajara o Madrid, sí que a lo mejor me lo replantearía más lo de seguir, que era lo que me pasaba antes”, dice. “Pero ahora que estoy en mi casa, la verdad, si tengo salud y me sigue apeteciendo, ¿por qué no?”.



