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¡Adiós con el corazón!

Y mucho más, cuando se trata de “cosas” que aparentan o que fueron hechas de “maldad” como decimos los cibaeños.

Héctor García


Diciembre es un mes en el que hay que tomar “las cosas” con más calma que en los demás.

Y mucho más, cuando se trata de “cosas” que aparentan o que fueron hechas de “maldad” como decimos los cibaeños.


Cuando era muy joven, solía incomodarme mucho y el coronel de la Policía Nacional, pariente cercano, doctor Luis Arzeno Regalado, me decía, Héctor, “sonríe o canta”, que esto no podemos resolverlo nosotros dos. No hay más nada que hacer”.


En honor a él, luego de resultados de una situación de varios meses que llegó finalmente a su fin, los dejo con éstas letras, de autor desconocido y con la venia de quien pueda serlo.


Aunque uno de mis primeros oficios era estudiante “obligado” de música en mi niñez, en la era del Jefe, no puedo poner la melodía y espero que alguien lo haga.


¡Adiós con el corazón!


Adiós con el corazón,
que con el alma no puedo.
Al despedirme de ti,
al despedirme me muero.
—0—
Tú serás el bien de mi vida,
tú serás el bien de mi alma,
tú serás el pájaro pinto
que alegre canta en la mañana.

—0—
Al amanecer se marcha el tren,
se va mi amor, yo me voy con él.
—0—
No hay quien pueda, no hay quien pueda,
con la gente marinera.
Marinera, pescadora, no hay quien pueda,
por ahora.
—0—
Si te quieres casar con las chicas de aquí,
tienes que ir a buscar capital a Madrid,
capital a Madrid, capital a Madrid,
si te quieres casar con las chicas de aquí.
—0—
Después del “palo dado”, aseguro que nadie recuerda el himno del ave aquella sepultada en “el valle de la muerta”.


Nadie tampoco tiene ánimo para cantarlo, sin embargo, me atrevo a tararearlo.


“Leña que se quema amor que se acaba, la ceniza queda donde yo te amaba”.


“Leña lleva el burro, carga de amoríos, déjame que encienda el Cachimbo mío”.


“Leña que yo te doy, leña que tú me da”.

Quisiera seguir cantando, pero no puedo, por lo que me auxilio de mi voz favorita, el narrador Santana Martínez, a quien pido que me ayude y vocifere por todas las frecuencias y con la energía que lo caracteriza “atájenlos que nos deben”.

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