Cooper City,Fl.- Hay escenas que uno observa y necesariamente tiene que detenerse a pensar qué está pasando.
En los últimos tiempos se ha hecho cada vez más común ver personas esperando a los peloteros de Grandes Ligas con una cantidad considerable de artículos para conseguir sus autógrafos. Hasta ahí, pudiera parecer algo normal. Un fanático quiere llevarse un recuerdo de su jugador favorito y eso forma parte de la relación entre los atletas y sus seguidores.
El problema comienza cuando el autógrafo deja de ser un recuerdo y se convierte en mercancía.
La escena protagonizada por el lanzador cubano Aroldis Chapman es un buen ejemplo de una situación que merece ser analizada. Se observa al reconocido relevista mientras varias personas se acercan buscando que les firme diferentes artículos.
Y uno se pregunta: ¿cuántos de esos autógrafos terminarán en las paredes de una casa y cuántos terminarán publicados en internet buscando un comprador?
No estoy en contra de que un pelotero firme un autógrafo. Todo lo contrario. El contacto con los fanáticos es parte de la esencia del deporte. Muchos niños crecen soñando con conocer a sus ídolos y guardar una firma de ellos como uno de sus recuerdos más preciados.
Pero hay una diferencia enorme entre el niño que llega con una pelota y un marcador en la mano y la persona que aparece con una cantidad de artículos preparada para obtener firmas y posteriormente sacarles beneficio económico.
Ahí cambia completamente la historia.
Los jugadores también tienen derecho a caminar, salir de un estadio, subir a un vehículo o simplemente tener unos minutos de tranquilidad sin sentirse perseguidos.
Porque una cosa es pedir un autógrafo y otra muy diferente es convertir al pelotero en una especie de máquina de producir firmas.
Y hay algo que tampoco debemos olvidar: los atletas no están obligados a firmar todo lo que les pongan delante.
Si un jugador decide hacerlo, perfecto. Si decide que no quiere firmar, también debe respetarse.
El deporte profesional mueve millones de dólares y, alrededor de las grandes figuras, existen personas que buscan cualquier oportunidad para hacer negocio. Eso es parte de la realidad. Pero no podemos permitir que el afán de lucro termine dañando una de las cosas más bonitas que todavía conserva el deporte: la relación entre el atleta y el verdadero fanático.
El autógrafo de un jugador tiene valor porque representa un momento, una admiración y un recuerdo.
Cuando se convierte exclusivamente en un producto para revender, pierde buena parte de ese significado.
Pedirle la firma a un pelotero no está mal. Lo que debemos cuestionarnos es hasta dónde estamos dispuestos a llegar para convertir esa firma en dinero.
Y los peloteros también tienen derecho a decir: “hoy no voy a firmar”


