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Rafael Uribe y yo

Cuento esta historia con el único propósito de enviarle un mensaje al amigo Rafael Uribe: la naturaleza parece escoger a hombres que deben reunir una fuerza inmensa para enfrentar momentos así.

Danna Sofía y su padre Rafael Uribe. Fuente Externa

Por Héctor García

Estando en Estados Unidos por un viaje de salud, una mañana me encontré con una fotografía de Rafael Uribe, dirigente deportivo de la República Dominicana, junto a su hermosa hija Danna Sofía.

Mi primera reacción fue una sonrisa, pues pensé que se trataba de un cumpleaños o de algún momento festivo.

Al leer la entrega enviada a mi periódico Momentodeportivord.com, supe que se trataba del fallecimiento de la niña, de apenas 12 años de edad.

Confieso que de inmediato “se me cayó el mundo encima”, porque dejé de ver la inocencia de Danna Sofía y la imagen me llevó a mi hija, Bianca Caridad, a quien la pandemia del COVID-19 me la arrebató. 

Lágrimas, más lágrimas… y tuve que levantarme del frente de mi computadora de trabajo.

Mi estado de ánimo cambió por varios días. Estaba furioso y no encontraba con quién desahogarme. ¿Por qué la naturaleza tiene que ser tan verduga? Es una pregunta que aún me hago, como lo hice cuando murió mi hija.

Aquel dolor me causó daños que siempre estarán conmigo.

Recuerdo que, al recibir la noticia, quedé doblado de la espalda durante toda la pandemia, hasta que fui intervenido. Aún hoy, mi pierna izquierda responde poco.

No pude ver a mi hija en el ataúd; no se podía viajar. Apenas recibí fotos enviadas por teléfono. Eso me lo llevaré grabado hasta el día de mi propia cremación.

Cuento esta historia con el único propósito de enviarle un mensaje al amigo Rafael Uribe: la naturaleza parece escoger a hombres que deben reunir una fuerza inmensa para enfrentar momentos así.

Puedes sentirte orgulloso de todo lo que hiciste por Danna y honrado, porque pudiste acompañarla en sus últimos momentos, algo que yo no pude hacer con la mía.

El dolor de perder un hijo no desaparece ni se acomoda del todo; se aprende a vivir con él, como una herida que nunca cierra.

Sin embargo, con el tiempo, uno encuentra una forma de aceptar lo inevitable, no desde el olvido, sino desde el amor que permanece.

Hoy, entre la tristeza y la resignación, solo queda abrazar los recuerdos y entender, aunque duela, que hay batallas que no se pueden ganar, pero sí honrar con dignidad y silencio.

Paz al alma de Danna Sofía

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