Leclerc y Vettel se autoeliminan del Gran Premio de Brasil en un toque entre ambos que traerá consecuencias
Charles Leclerc, durante el GP de Brasil. ROBERT CIANFLONE GETTY
Las órdenes de equipo se legalizaron en la Fórmula 1 en 2011 por más que hay pilotos que, en según qué circunstancias, ni ven ni escuchan y razonan más bien poquito.
Sebastian Vettel es uno de ellos, como ha quedado claro en distintos episodios en los que el alemán se ha cubierto de gloria.
El último de ellos, este domingo en el circuito de Interlagos, en Brasil, donde el alemán se adjudicó el tercero de los cuatro títulos que figuran en su hoja de servicios y donde los aficionados asistieron esta vez a uno de los grandes premios más atolondradas de los últimos tiempos.
Una carrera de locos que ganó Max Verstappen –tercer triunfo del curso para él– en la que Pierre Gasly (segundo) se subió al podio por primera vez y en la que Carlos Sainz cruzó la meta el cuarto después de arrancar el último.
Los comisarios deportivos estudiaban una posible sanción a Lewis Hamilton, que completó el cajón después de llevar a cabo una maniobra demasiado agresiva sobre Alexander Albon y por la que le pidió perdón públicamente al tailandés de Red Bull.
En caso de que el británico sea penalizado, el español de McLaren lograría su mejor resultado desde que compite en la F1, completando un gran premio épico. “Me salió absolutamente todo”, resumió el madrileño.
Parece mentira que a pesar de todas esas sorpresas fuera Ferrari quien monopolizara el foco. Aunque también es verdad que la Scuderia, o mejor dicho sus empleados más ilustres, pusieron todo el empeño en erigirse en protagonistas.
Faltaban cinco vueltas para el final cuando la carrera se relanzó tras la salida del coche de seguridad, con Verstappen afianzado al frente del pelotón y con Vettel y Charles Leclerc, su compañero en el equipo de los bólidos rojos, disputándose la última plaza del cajón.
En esas que Leclerc superó a Vettel, que inmediatamente y gracias al efecto del alerón trasero móvil (DRS) trató de devolverle la maniobra.
Con los dos monoplazas en Maranello, el de Heppenheim hizo un ligero vaivén a la izquierda.
El final, el previsto por cualquiera: los dos Ferrari fuera de combate y sus dos conductores tirándose los trastos a la cabeza por la radio.
La dinámica del incidente fue muy similar a la que en el transcurso del Gran Premio de Turquía de 2010 terminó con el mismo Vettel y Mark Webber, su entonces compañero en Red Bull, volviendo caminando hacia el garaje y acusándose el uno al otro de estar mal de la azotea.
Con el inapelable rodillo que ha pasado Mercedes desde que se introdujo la tecnología híbrida en el certamen, está Ferrari como para que sus pilotos corran el uno contra el otro, en el ejemplo de la falta de mando que parece haber en el taller de Il Cavallino Rampante.
Vía: El Pais




