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La Tragedia del 11 de Enero 1948

La Tragedia de Río Verde merece y exige un lugar eterno en la memoria oficial del deporte dominicano. No hacerlo es fallarle a la historia, a Santiago y al país.

Equipo de Béisbol De Santiago. Todos muerieron en el accidente aéreo. Fuente Externa

Por Héctor García

Este domingo se cumplieron 78 años de la Tragedia de Río Verde, Yamasá, como se conoce el accidente aéreo en el que perdieron la vida 32 deportistas de Santiago, incluyendo un niño de 11 años.

Habían emprendido vuelo desde Barahona tras celebrar dos partidos de béisbol.

La selección de Santiago, campeona nacional de la época, intercambió en Barahona y abordó el avión alrededor de las cinco de la tarde. Poco tiempo después, la aeronave se precipitó a tierra.

Hasta hoy, nunca se ha determinado con claridad la causa del siniestro, ni tampoco se ha explicado convincentemente por qué un vuelo que partía del lejano Sur con destino al Cibao tomó una ruta tan extraña que terminó en la provincia de Monte Plata.

La delegación santiaguera viajaba en dos aviones. El otro, en el que se trasladaban directivos y fanáticos, realizó el trayecto normal y aterrizó sin contratiempos en su lugar de origen, un contraste doloroso que acentuó aún más la magnitud de la tragedia.

Este hecho constituye, sin discusión alguna, la mayor tragedia ocurrida en la historia del deporte dominicano.

Cada año, el 11 de enero, Santiago honra la memoria de sus caídos con un solemne Tedeum en el mausoleo que guarda sus restos, ubicados en el Cementerio de la calle 30 de Marzo.

A la ceremonia asistió una multitud respetuosa, junto a delegaciones de otras provincias e incluso del extranjero, demostrando que el recuerdo sigue vivo y que la herida jamás se ha cerrado.

En lo personal, quien escribe estas líneas, lleva décadas reclamando que esta tragedia sea inmortalizada en el Salón de la Fama del Deporte Dominicano, sin que hasta hoy se haya logrado. ¿La razón?

Algunos expresidentes del Pabellón de la Fama han alegado que los estatutos no permiten inmortalizar grupos. Una explicación vaga, débil y carente de sensibilidad histórica.

Porque aquí no se trata de un simple grupo: se trata de 32 dominicanos que perdieron sus vidas en pleno ejercicio deportivo, marcando para siempre luctuosamente el deporte nacional.

La inmortalidad que se reclama no es individual ni caprichosa; es simbólica y moral. Es el reconocimiento que una nación debe a sus mártires deportivos.

Negar esa inmortalidad es prolongar el olvido. Y el olvido, en este caso, sería una injusticia imperdonable.

La Tragedia de Río Verde merece y exige un lugar eterno en la memoria oficial del deporte dominicano. No hacerlo es fallarle a la historia, a Santiago y al país.

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