Por Danny Garcia
El show de medio tiempo del Super Bowl de Bad Bunny no fue un accidente ni una improvisación. Fue una decisión cultural.
A la puesta en escena se sumaron figuras de peso como Lady Gaga y Ricky Martin, ampliando el impacto del espectáculo y confirmando que no se trataba solo de música, sino de un mensaje. Sin embargo, mientras millones de latinos celebraban la representación, algunos cantantes e influencers norteamericanos reaccionaron con desprecio, calificando el show como una “vergüenza”.
La razón es simple: no lo entendieron.
Para ellos, el valor del espectáculo estaba condicionado al idioma. Si no era en inglés, si no estaba pensado exclusivamente para el público anglosajón, entonces no merecía validación.
Esa postura revela algo más profundo: la falta de respeto hacia la cultura de otros pueblos. Muchos creen que, por tratarse del Super Bowl, el espectáculo debía ser obligatoriamente en inglés, diseñado para los americanos y desde una visión exclusivamente estadounidense.
Pero olvidan una realidad que no se puede ignorar: en Estados Unidos, quienes sostienen gran parte del país con su trabajo, su talento y su esfuerzo diario son los latinos.
Bad Bunny no pidió permiso para mostrar su cultura. No la tradujo, no la suavizó, no la adaptó para agradar. La puso en el escenario más grande del mundo tal como es. Y eso incomoda a quienes creen que la identidad solo tiene valor cuando se ajusta a sus reglas.
El medio tiempo del Super Bowl no fue una vergüenza.
Fue un espejo.
Y a muchos no les gustó lo que vieron.
